Dave Live in Barcelona

Dave, entonces eras un chaval, apenas pasabas la veintena y llevabas ya un año sin trabajo pero fuiste listo. Tus miras apuntaban alto y eras un gran creativo. Tu padre conseguía anunciantes para revistas y tú sabías hacer campañas de publicidad. Spot Studio, como realizado por extrusión, era la puerta. Empezasteis a moverlo antes de ese verano y tan sólo era cuestión de tiempo que funcionara. Pero a veces el tiempo no corre como debiera. Aunque el dinero escaseaba aprovechaste el primer fin de semana de agosto para desplazarte a ver el primer cliente, en Barcelona ciudad, con tu novia de entonces. Cogiste un autobús que os separó en ocho horas de unos cuantos cientos de kilómetros y vuestro cariño. Pero era vuestro primer cliente y querías conocer la ciudad que le vio nacer, perderte por el barrio gótico con la reflex, subir a lo más alto del parque Güell, visitar la Sagrada Familia y comer pa amb tomàquet regado con algo de vino de la zona, como dios manda.

Llegasteis al atardecer y, tras dejar las mochilas en el hostal, os fuisteis tú y tu chica a pasear de la mano por el barrio de Gracia del que tanto habías oído hablar. Y es que mejor no se podía estar, Dave, descubrir esas calles junto a tu novia, una preciosa chica que conociste unos cuantos años atrás en la adolescencia del instituto, mientras el sol se ponía por detrás, para sentaros después en la terraza de algún bar y brindar por un viaje que parecía bueno. Al final la noche cayó como cayeron las copas de vino y bien pasadas las doce os fuisteis a dormir extasiados tras un día tan largo, aunque no más que el que os esperaba al despertar.

Al día siguiente bien cogisteis el autobús tras preguntar a unas abuelillas para subir hasta el parque Güell y tranquilamente recorristeis sus sendas, cuevas y escalones, sus pasillos inclinados bordeados por columnas con forma de árboles, sus grutas en vez caminos y sus paisajes que parecen de lava. Os hicisteis algunas fotos, descansasteis en algún banco compartiendo bocadillo y al final de la mañana os volvisteis para bajar hasta el barrio gótico. Una vez allí sonó tu rudimentario teléfono móvil. Dave, era tu hermano. El padre de ambos había sufrido un accidente en bicicleta, bajando el puerto de Navacerrada. —Bueno, pues se habrá jodido una pierna, cuestión de escayola y reposo, ¿no? —Será mejor que vengas cuanto antes, está en quirófano y no creen que salga…—.

Volvisteis al hostal a recoger lo vuestro y con el mismo taxi fuisteis al aeropuerto a esperar el primer vuelo, haciendo tiempo sin hacer nada más, interminable. Por primera vez en tu vida sentiste el silencio como nunca lo habías sentido. Aun así cuando llegaste era ya tarde para las visitas, tu padre había salido de quirófano muy grave y las cuarenta y ocho horas siguientes eran cruciales. Todo se derrumbó, lo conocido y lo desconocido, y tu madre no volvió a compartir cama ni tú con tu novia mientras el otoño se os echó encima.

No hubo barbacoa

Lo vi venir, no sé cómo, pero aún así ya era demasiado tarde. Fue un sábado, el primer sábado de agosto, mi primer día de vacaciones y mi primera salida después de todo el invierno sin coger la bicicleta. Estaba extenuado de subir el puerto, tanto que no recordaba haber estado tan cerca como hoy de darme la vuelta cuando no debía quedarme más de un kilómetro para hacer cima, pero subí, di la vuelta en la explanada del parking lo más lento que pude sin apearme de la bicicleta para recuperar mis piernas y tomé el camino de vuelta. Bajaba a tumba abierta por aquella endiablada carretera y de repente las ruedas empezaron a patinar sobre una gravilla que no debía estar allí. Mis dedos apretaron la maneta de los frenos, mordiendo las llantas las zapatas, resbalando las palmas de mis manos sobre el guarnecido de piel cuarteado del manillar y echando de menos los guantes que dejé olvidados junto al casco en el banco del garaje, eso no fue buena idea. La carretera estaba despejada, nadie subía o bajaba el puerto más que yo, por lo que intenté llevar la bicicleta al centro de la calzada, pero ésta se cruzó perpendicular a la rueda delantera como si el sudor de mis manos hubiera encharcado el asfalto.

Era probablemente mediodía y el sol picaba mi espalda como miles de finas agujas atravesando el maillot, debía hacer un calor de mil demonios pero sin embargo sentía entumecerse todos mis músculos con un escalofrío que subía por toda mi espina dorsal desde mis entrañas hasta la base del cráneo, el sudor helaba mi frente y la bicicleta seguía cruzada contra mi trayectoria. Si conseguía llegar al menos al otro lado de la línea blanca estaría salvado, pero cada vez quedaba más lejos. Vi pasar el quitamiedos tan cerca que pude sentir el metal recalentado por el sol en mi pierna derecha, si pudiera apoyarme en él para no caerme… –¡Pero iba demasiado rápido, bajaba un puerto maldita sea, en qué coño estaba pensando!– La rueda trasera se bloqueó, giró repentinamente cambiando su trazado y patinó hacia la derecha, traté de corregir de nuevo girando el manillar en dirección opuesta pero tras chocar contra el quitamiedos me quedé suspendido en el aire saliendo despedido por encima de la bicicleta, la curva era también a derechas y ya sólo vi el asfalto ardiente de un primer sábado de agosto que se me echaba encima, si salía de ésta conseguiría llegar a tiempo de pegarme un chapuzón con Nina y encender la barbacoa…

La mula de Chamberí

De pequeño le llamaban la mula, un chaval alto y escuálido sin ser demasiado grande quizá como para merecer ese título, pero los delanteros siempre temblaban cuando se encontraban con él jugando al fútbol en el colegio. La mula era un tipo amigable y algo reservado que nació en el 45, pasado el otoño, en un frío día de invierno a mediados de febrero, cuando las gotas de lluvia no son sino copos de nieve que cubren las hojas ya caídas de los chopos desnudos. La escuela le importaba un pijo y cuando iba lo hacía andando, guardándose el dinero del autobús para las partidas de futbolín del bar de Matías; cuando no se quedaba en el parque con los amigos sentado en un banco, comiendo peladillas, fumando los cigarrillos que robaban a Padre y hablando de chicas. Había nacido en una Barcelona oprimida por la posguerra y ahora estaría viendo crecer a sus nietos en Buenos Aires si no fuera porque a Padre le ofrecieron un buen trabajo en Madrid. Le llamaban la mula porque era muy bruto, con 14 años pudo al fin comprar su primera bicicleta y la estrenó pedaleando hasta Guadalajara, salió por la mañana bien temprano y a la vuelta la guardia civil le multó porque iba comiéndose un bocadillo cuando regresaba a casa a media tarde.

Exento del servicio militar por su miopía, sin dinero en la familia para estudiar una carrera como su hermano mayor ni ganas de meterse en el ejército como el pequeño, entró a trabajar de repartidor para la empresa en la que Padre echaba las horas dejándole apenas tiempo para sus lienzos. Tarareaba las canciones de Serrat en su Lambreta si no se las cantaba a las chicas después de dejarles el pedido en las tiendas mientras salía de ellas, jugando con las llaves, fumando Habanos como Padre, y continuaba la ruta hasta que ya de noche aparcaba la moto y tomaba un vino con sus amigos del barrio en el mismo bar de Matías. Algunos años después pasó a ser comercial; no era difícil convencer a las tenderas del buen chocolate Lloveras que les vendía, sus tristes ojos verdes y su dura sonrisa lo hacían por él. Con ello ganó un buen dinero que no tardó en gastar en las primeras vacaciones que tuvo; una moto de dos y medio que apenas llegaba a los 80 kilómetros hora, el primo José María y dos mochilas cargadas de ropa en un transportín fabricado por él en la parte de delante y una tienda de campaña en el de detrás, en la que dormían allí donde les venía en gana. Subieron hasta Huesca desde la capital y recorrieron todo el Pirineo Francés. Al final José María se apeó en Andorra una mañana y el Jordi llamó a Nina para tomar un café esa misma tarde cuando volviera a Madrid.

Jorge es un tipo arraigado, casi de costumbres si no fuera porque tampoco teme demasiado a lo que pueda venir, tranquilo y tan sencillo quizá que para mí siempre pecó de humildad, si es que eso es merecedor de alguna pena que alguien hubiera querido que pagara —y alguien así lo quiso… ¡Que me cuelguen si lo merecías!—. Un maestro entre maestros, discreto de formas y fuerte de carácter, orgulloso de ser como es y de sus principios, querido por aquel que le conoce y envidiado por el resto. Jorge es una mula que dedicó su vida a darnos lo que nunca tuvo y que jamás pidió nada a nadie; mientras el resto presumía de lo suyo él se enorgullecía de lo propio, alguien que me enseñó más que la vida, tanto que ni siquiera ese dios que él adora y yo maldigo sabe cuanto, aún a pesar de habernos dejado algunos cabos sueltos que quebraron el paso del verano al otoño de 2002, dejando desnudos algo más que esos chopos… —Si yo hubiera estado ahí otra canción te dedicaría, maldita sea…—.

«…Llueve
detrás de los cristales.
Llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos llueve…»

A-dios Hijo de Puta

Resulta que hay un Hijo de Puta con mayúsculas que se dedica a destrozar vidas, o mejor dicho, primero las crea para luego jugar con ellas a su propio antojo. Pues como decía, este Hijo de Puta debe contar con todo un casino en sus posesiones, una ruleta en la que en vez de números hay catástrofes, en vez de las jugadas “pase”, “manque”, “rojo”, “negro” y demás, una colección de enfermedades y dolencias de todo tipo. Supongo que tendrá también un Bingo, con el que en vez de cantar “LÍNEA” gracias a unas bolitas amarillas con numeritos, se cante “MUERTO” según el número de infartos que haya tenido la pobre representación de la malvada bolita amarilla, claro. Juega con nosotros como nosotros jugamos al Póquer, a la ruleta, a las tragaperras o al Bingo. Macabramente podría sacarme más símiles de la manga con juegos como “El Ahorcado”, “Buscaminas”, “Solitario”, “Hundir la Flota”, etc. Supongo que no seré el único desengañado, pero aún hay muchos a los que la Fe les ciega, millones de personas en el mundo que le defienden mientras el muy Hijo de Puta juega con nosotros.

Y es que un buen día, un cabeza de familia iba con su retoño, hecho ya un hombre, a comprar el pan y le alojaron dos balas en el cráneo delante de su hijo. O unos cuantos millares de personas tropezaron con un grupo de esquizofrénicos que decidieron estrellar unos cuantos aviones en los que iban contra dos rascacielos abarrotados de oficinas llenas de directivos, presidentes, presidentes adjuntos, coordinadores generales, gerentes, administrativos, secretarias, seniors, juniors, señoras de la limpieza, diseñadores, programadores, seguratas, repartidores, mensajeros, estilistas, representantes, becarios y demás empleados. O en según qué zonas, las mujeres dan a luz ocho o diez niños para intentar que alguno tenga la suerte de sobrevivir y pasar a Melilla… Como iba diciendo, un buen día, un hombre cercano a los sesenta, casado y con dos hijos, una buena persona que se había dedicado desde los catorce a trabajar para después poder sacar su familia adelante, sin meterse nunca con nadie, montando en bicicleta un sábado, como cualquier otro sábado desde hacía cuarenta años, tiene la mala suerte de cruzar una zona de grava en el arcén y abrirse la cabeza, encontrándose actualmente con un pie en el otro barrio y el otro en una silla de ruedas rodeado de enfermeros que le hagan incluso la digestión hasta sus restos. Pero todo tiene su lado positivo, podrían haber matado también el hijo en el primer caso, hay que dar gracias a Dios por ello, como hay que dar gracias a Dios porque aquel 11 de septiembre no hubieran 90.000 personas en las Torres Gemelas, o sólo unos cuantos milloncejos de personas mueran de hambre u otras enfermedades al año, o mi padre se quede vegetal en vez de haber esparcido el resto de sus sesos por el asfalto y haberla diñado en medio de la carretera. ¿He de dar gracias a Dios?

Sólo me queda una última pregunta: esos que le defienden, ¿son tan hijos de puta como Él o son meros corderillos en manos de Dios? Lo mejor sería que ese al que llaman Dios mire al menos para otro lado que no sea el mío.