Cristiano el papagayo

Desde que el planeta Tierra se pusiera a dar vueltas alrededor del Sol cual plato de microondas, los organismos unicelulares montaron sus cooperativas con el objetivo de mantenerse con vida. Al final, entre célula va y célula viene, como quien no quiere la cosa, acabaron siendo pluriempleados para ganarse el pan con el que adaptarse al medio, fuera por enzima o por debajo de la cuerda. Poco a poco crecieron, se reprodujeron y, algunos, hasta evolucionaron. Otros murieron y desaparecieron, como esos cacho dinosaurios, pero éste no es el caso que nos okupa. Entonces ésto era literalmente el paraíso, todavía no existían las venéreas y, desde los pequeños pececillos que surcaban las aguas de cabo a rabo, surgieron anfibios, reptiles, aves y mamíferos. Los invertebrados sin costillas los dejaremos aparte.

Tuvieron que pasar milenios, miles de ellos, para que las especies animales evolucionaran como las conocemos ahora, ofreciendo sus servicios a gusto del consumidor en su mayoría. Cristiano malvivía entre rejas por el hecho de tener alas y nacer en occidente, ese mundo inflado por el propio regocijo de sentirse ¡primer!. Él era el único preso allí presente y su jaula no ocupaba más de la veinteava parte del tamaño del salón. Por buen papagayo que fuera, vistiendo un plumaje blanco y morado, tan brillante como una final de Champions en el mismo Bernabeu, tan sólo se le permitía salir de allí para recorrer el pasillo y alguna otra habitación que tuviera la puerta abierta. Libertad vigilada una hora al día como mucho, antes de la cena, justo cuando venía a estar presente la mayor parte de los funcionarios de su prisión.

Cada uno se expresa como puede y Cristiano no iba a ser menos. Piaba a su manera cuando no repetía algún exabrupto, como alamadrid, putobarca, catalonia, pusdemon, queilornavas, mesi, rajoi, los nombres del personal adyacente, el suyo propio… y si podía, cuando estaba suelto y la mesa puesta, se cagaba en el primer lugar que se le antojara. Pero no todo eran desgracias para unos y otros, muchas alegrías proporcionó al alcaide y sus secuaces cuando mostraba su capacidad autocopiativa de aquellas palabras que llegaban hasta sus oídos, incluido el comienzo del himno del Real Madrid, ante las miradas atónitas de los que estuvieran allí presentes. Entonces era premiado con muesli de marca y se sentía menos infeliz, a pesar de llevar atada lo que parecía la bandera de España en una de sus patas.

Una noche de primeros de octubre, de esas en las que hace tanto calor que aún parece verano, sus plumas estaban empapadas de sudor y el alcaide, que al ser sábado y haber empezado la liga, no había vuelto aún. Paseándose Cristiano por las dependencias de la cárcel, olió el hedor de unos huevos fritos que provenía del final del pasillo. —Ésta es la mía, josdeputa— y corriendo siguió su instinto. Llevaba aguantándose toda la tarde y a hurtadillas fue tras la mujer al ver que portaba la mercancía, saliendo de la cocina bandeja en mano. Cuando quedó sobre la mesa del comedor sin vigilancia aparente, miró hacia ambos lados y se subió a ella como alma que lleva el diablo. Cristiano soltó allí lo que no está escrito. En seguida los críos gritaron, su madre gritó ya antes de asomar y hasta el maximus, que entraba por la puerta en ese mismo instante, también gritó. Todos pusieron su voz en grito, hasta el papagayo, que corriendo por todas partes tras evacuar sus intestinos no supo dónde meterse. Recorrió tierra y aire de un lado a otro de la casa mientras la jauría humana le perseguía sin miramientos.

En algún momento Cristiano se encontró entre la espada y la pared. Estaba en la cocina, acorralado por toda la familia humana. Su mirada se repartía entre el horno y el alcaide, medio agachado éste, con los brazos extendidos cual portero de fútbol ante un penalti en la final de la copa del rey. Se preguntó si todo había terminado, pero si una cosa tenía clara es que no iba a acabar dorado como otros pollos fueron cremados allí mismo, rodeado de patatas y cebollas. ¿Qué podía hacer? Entonces su mente lo vislumbró, como si un relámpago partiera el cielo en dos en ese momento. Sintió en la cola la brisa del aire que entraba desde el patio y sin pensarlo dos veces saltó al vacío en pos de la libertad.

Aquella prisión en la que vivió desde que tuvo uso de razón le hizo arriesgar más de lo que un ser con al menos dos dedos de frente se lo pensaría. Apenas había usado sus alas para volar un par de metros bajo techo, entonces las sacudió por instinto a cielo abierto, como si no hubiera un mañana. Pero lo hubo, Cristiano consiguió escapar de su maldita zona de confort y, cuando pudo darse cuenta, volaba ya dirección Guadalajara. Aquella fue una noche preciosa, la primera que vivió al raso, con un manto de luces en el cielo coronados por una inmensa luna en cuarto creciente. Lejos de la ciudad el aire era limpio, las vistas preciosas hasta decir prou (basta en castellano) y su sentimiento de libertad exacerbada cual ingesta de toda una barrica de Redbulls.

Cristiano voló y voló, y cuando quiso darse cuenta salía ya el sol ante su pico. Sin saberlo, había cruzado media península, la humedad era palpable en su plumaje y a sus pies asomaban tejados y calles con masas de gente recorriéndolas a pesar de ser temprano. El cansancio empezó a hacerle mella y, en cuanto vislumbró un llano extenso a sus pies, bajó hasta posarse sobre una de las farolas. Aún sin estar tan alto la perspectiva era buena, y pudo ver cómo las masas se agolpaban unas frente a otras, entre banderas bicolor. Una bola de goma pasó rozando su pico, perdió el equilibrio y acabó al hombro de un humano que enseguida le soltó el codo en todo su pecho. El papagayo de plumas blancas y moradas acabó en el suelo, entre gritos, oyendo palabras como puto, cullons, ocell y senyera. El pobre intentó zafarse, haciendo uso de lo aprendido todo el tiempo que estuvo en la cárcel. Tiró de garganta y soltó lo primero que le vino a la cabeza, como putobarsa, pusdemonalahoguera, el inicio del himno del Real Madrid… No estuvo acertado y la cuenta le salió cara.

Horas después, Cristiano yacía en el suelo, desplumado, aplastado y con el pico medio roto, pero sin bandera alguna que le apretara la pata. Por fin era libre.

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¿Saben aquel que diu, el que “cata en un ya”?

Quién diría lunes de resaca, pero ahí estás, sentado en la mesa de la cocina a eso del mediodía, con las gafas sucias, el pelo alborotado y una botella de Grimau gran reserva que acababas de abrir. Hasta bien pasada tu adolescencia no eras capaz de paladear el cava y ahora no te falta marca exclusiva que catar. Igual porque también te lo regalan a espuertas desde que estás en el poder. Y es que una victoria inesperada hace que sepa mejor todavía. Antes, para convencer a las masas, se necesitaban ensayos de al menos unas cuantas decenas de páginas. Ahora, con 140 caracteres y un par de fotos curiosas, tienes para la redacción de toda una constitución con la masa detrás deseando nadar en ella. Como ocurre con la pintura minimalista, que con cuatro pinceladas sobra y aun así puede convertirse en toda una ideología sensacionalista. Has ganado lo que llamas referéndum con papel de fumar, pero es que la espuma ayuda, independientemente de donde salga.

Ebrio de poder, henchido de soberbia, defiendes como mal emperador una ideología barata en la tierra que no te pertenece, que se te escapa, como el niño consentido de familia burguesa que eras. Entonces ya llevabas el pelo cortado a tazón y creías que ese parque donde te solían llevar tus padres era todo tuyo. Ni siquiera te apeabas del carricoche, no fueras a manchar tu ropa de domingo, y aun así querías jugar con ella, construyendo castillos de arena sobre tus montes y más montes. —Tanto monta… Escolti tú, que esa no nos viene bien—. Creciste sin ver valles más allá de tus narices, tan solo campos de fútbol, cegado por esa miopía intelectual que produce el desvío del periodismo hacia el deporte estrella de la nación que tanto odias. Creías que pegar patadas al balón es cultura y “Terra Lliure” su parcela de césped ecológico, así que seguiste con lo tuyo para crecer, viajando hacia el este del continente para impregnarte en las nuevas tecnologías de la información, hasta que la Generalitat te subvencionó “A Cada Notícia” que les mandaras por encargo.

No te fue tan mal en tu trabajo. Conseguiste un buen tajo entre conocidos de nivel e incluso sacaste a esa rumana lista demente, filóloga y ortodoxa, de la dictadura de su país para meterla en el tuyo. A cambio te dio sexo y dos criaturitas. Ahora te sientes como Lenin con la sangre de Karl Marx, aunque falte la hoz, el martillo y la llave inglesa en la “estelada” sobre fondo azul. La URSS no terminó de funcionar pero fue un buen ensayo, la URC (Unió Republicana de Catalunya) es otra historia, dos punto cero. Lo que siempre soñaste, lo que creías imposible, esa tierra en igualdad de oportunidades para los de tu patria, se habría ante tus ojos de tal forma que creías poder palparlo ya. La Cup es un buen recipiente para tu cava, y Marcela tu Eva, así que termina el espumoso que catas para escapar del Génesis con todas las malditas manzanas metidas donde os quepan. La serpiente va incluida, Loquillo y los Trogloditas no.