Manuel P. (a los pies de Pedro IV en Lisboa)

Manuel fue militar en otros tiempos, mejores a pesar de todo. Más de lo deseado había conocido entre cascos azules, polvo y miseria y aun así no fue suficiente. Pero antes que todo eso fue un chaval que aunque nunca estudió demasiado no le fue tan mal, sólo ocurrió que era el más pequeño de 4 hermanos y el menos productivo, por lo que acabó en filas del servicio militar sin pretenderlo. Por aquel entonces ya estaba saliendo con una chica, una bella princesa de pelo largo y oscuro de la que con sólo intentar describírtela después de todo era capaz de enamorarte de ella. Mientras, sus ojos se enturbian por el mismo principio sencillo de causa y efecto que tiene el agua para pasar de liquido a gas y viceversa. Nunca me dijo su nombre pero con ella se casó tan pronto ésta terminó sus estudios y encontró trabajo de lo suyo. Al mismo tiempo estalló algo que por un tiempo parecía exageradamente lejano para sus vidas, el conflicto de los Balcanes. Entonces aún eran demasiado jóvenes y no quisieron tener hijos tan pronto, el alquiler ya se llevaba buena parte de los ingresos.

Pocos años después y tras alguna mala noche que le costó a la organización conciliar el sueño, la OTAN decidió tomar cartas en el asunto y sus socios acordaron enviar diferentes tropas, portuguesas incluidas, a lo que en Yugoslavia quedara aún con vida. Manuel estaba de los primeros en las listas de su país y llegado el momento tuvo que despedirse de su mujer, mochila en mano a parte del anillo. Él amaba con locura a su mujer y bien se hubiera roto a sí mismo lo que fuera necesario para no separarse de ella. Pero para bien o para mal, eso nunca llegó a ocurrir a tiempo por iniciativa propia, y lo suyo les costó despedirse. Manuel entraba virgen en filas dirección al otro lado de la vieja Europa, sin saber lo que allí estaba pasando más allá de las instrucciones, a pie de calle, contando éste con sólo veintitantos.

Transcurrieron años separados él y ella sin apenas noticias el uno del otro, tan duros como fue esa última emboscada a fuego abierto entre diferentes bandos en la que Manuel y sus compañeros se vieron envueltos. Él tuvo suerte, salió con vida de aquello y las heridas le hicieron dejar de ser apto para sus labores como soldado de la OTAN. Manuel fue repatriado a su Portugal y devuelto a su mujer. Pero cuando él regresó, ahora medio cojo, ella tampoco era la misma como tampoco lo era su peinado. Tanto tiempo fuera había sido muy duro para Manuel, por lo ocurrido al otro lado de sus retinas, allí en los Balcanes, pero sobre todo por encontrarse de vuelta algo no esperado. Él pasaba las 24 horas en casa, periódico en mano y mirando el reloj, para contar los minutos con sus segundos hasta que su amada volviera del trabajo.

Durante un tiempo todo fue bien, pero todo pasa y lo que era transparente se enturbió. Sin darse cuenta ninguno de los dos, las cosas fueron cambiando y antes o después ella regresaba de la oficina trayendo  consigo mala cara y peores gestos. Una convivencia que se fue enfriando en un silencio quebrado tan sólo por absurdas discusiones que produce el contraste de quien trae dinero a casa frente al que nada hace apenas por ello. Entonces Manuel empezó a beber de diario tirando de la poca pensión que le quedaba. Lo que había visto fuera ya era bastante duro, lo que ahora tenía en casa no parecía ser mejor. Pasado un tiempo, Manuel descubrió que su mujer estaba con otro tipo y cuando quiso darse cuenta ya estaba fuera. Fue buscando refugio alojándose en casas de familiares y amigos que pudieron hacerlo, pero el alcohol se hizo fuerte y al final, sin quererlo, acabó en la calle sin más paredes que sus cartones.

En la plaza de Pedro IV, durante la semana santa de 2010, coincidí con don Manuel, sentados los dos a los pies de la estatua que le da su nombre. Yo de escapada por vacaciones, aprovechando para descansar el sol de la tarde, y él por no tener mejor sitio a donde ir, con su piel de cara y extremidades sucia y curtida, ropa vieja y un cartón de vino del que pausadamente pegaba algunos tragos. Tenía unas enormes manos con las que se restregaba continuamente los ojos, cuando no se tapaba de las fotos que golpeaban su rostro. Había mucha gente de fuera, la mayoría españoles, dando voces y sacando sus cámaras digitales a pasear sin orden ni concierto, pero se estaba bien allí. Yo sólo saqué un par de cigarros, él me miró y le ofrecí uno, nos lo encendimos y enseguida acertó de dónde venía.

Manuel parecía conocer España y chapurreaba algo de castellano, no mucho, pero charlamos largamente, mezclando nuestros idiomas. A buen entendedor ya se sabe. Él alternaba su perfecto portugués con alguna palabra serbocroata, inglesa o española para contarme sus historias. Hablamos de los turistas y sus malditas fotos, de mujeres, de España y de Portugal, del atentado en el metro de Moscú, del ébola de entonces y de otras tantas cosas. No arreglamos nada ni me contó mucho más de lo ocurrido, pero fue agradable. Manuel debía rozar los cuarenta, pero por su cara parecía llevar varias vidas ya en este maldito mundo. No era mal tipo, mostraba sin quererlo estar en paz con el universo y no parecía necesitar mucho más de nadie que lo poco que tenía. Fue un placer conocerle y así se lo hice saber tras las pocas horas que nos juntaron al estrechar su mano para despedirnos mientras no muy lejos alguien cantaba “meu amor, neu amor” de Amalia Rodrigues.

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El sapo, el ángel y la princesa

Era una niñita morena muy guapa, su precioso pelo negro hacía unos tirabuzones muy graciosos a los lados de su linda carita rosada, con una naricilla como un botón cubierta de pecas en el centro de la misma y unos curiosos ojos enormes que todo querían saberlo. Era primavera y la pradera entera rebosaba de florecillas de todos los colores que hay en el arco iris. Un enorme sauce llorón, con toda la frondosidad que podía caber en sus melancólicas ramas, coronaba la colina y a sus pies descansaba una fresca charca de aguas cristalinas. El Sol la sonreía desde su altar mientras ella correteaba de un lado para otro recogiendo a su paso las flores que más bonitas le parecían. Llenó sus manos de tantas como pudo y fue a sentarse a la sombra del sauce a descansar. Puso todas las flores que tenía sobre su falda y las dividió en colores, adornó con margaritas su cabello y con otras de distintos colores hizo collares y pulseras, y en el reflejo del agua de la charca pudo cerciorarse de lo bien adornada que había quedado. No muy lejos nadaba un joven sapito, que aun siendo todavía pequeño ya ostentaba unas preciosas betas de color pardo en su lomo, y sintió la curiosidad de acercarse a esa niñita tan guapa que parecía una princesita. Al llegar a la orilla quedó enamorado de su linda carita, con esas flores tan bonitas enredadas en su pelo y esas pequitas tan graciosas que le recordaban a las betas del lomo de su mamá. También la niñita sintió curiosidad al ver aquel sapito tan pequeñito y en seguida extendió su menuda manita. Al principio el sapito se asustó, pero quedó tan hipnotizado de los ojos de la niñita que sin darse cuenta ya se había subido de un salto en la palma de su mano.
– ¡Hola sapito!, ¿cómo te llamas?
El pobre sapito no la entendía, pero le gustaba tanto que le mirara y le hablara con tan delicada voz…

– Eres muy guapo para ser un sapito. ¿Sabes?, hay sapitos que se convierten en príncipes… ¿eres tú un sapito príncipe?, yo soy una princesa, ¿ves?, las princesas llevan flores en el pelo y collares y pulseras… ¿te gustan?.

El sapito apenas se movía, ni siquiera pestañeaba, estaba ensimismado con los ojos de la niñita, su armoniosa voz era música para sus oídos y le encantaba que le acariciara las rayas de su lomo con sus delicados deditos.

– Tú serás mi príncipe, y seremos novios, y algún día nos casaremos y viviremos aquí, tendremos una casa junto a la charca para que puedas ver a tu familia y yo recoger flores para adornar la casa. Y viviremos felices porque el ángel nos protegerá.

Entonces el sauce se sintió alagado, había dicho la niñita de él que era un ángel, y no era para menos, su elegante figura con todas sus ramas desplegadas y esas hojas q caían como plumas daban ese aspecto. Y todas las mañanas de aquella primavera la niñita que soñaba con ser princesa y casarse con su príncipe de la charca iba a jugar debajo del árbol. Sentada a su sombra llamaba al sapito, el cual nada más oír su melodiosa voz acudía raudo a su encuentro. Se pasaban las horas jugando y saltando, o ella se apoyaba en el robusto tronco del sauce y el sapito quedaba dormido, sumergido en un placentero sueño, en el hueco de la falda que dejaban las piernas cruzadas de la niña. Así pasó también el verano hasta que llegó el otoño, y con él el frío. El prado no podía lucir ya sus mejores flores y tuvo que abrigarse con el manto pardo de hojas que los árboles cercanos le prestaban. El pobre sauce parecía un ángel anciano, sus ramas estaban más caídas aún y sus plumas ya canosas las iba perdiendo poco a poco. El sapito que andaba por allí tenía frío y estaba triste, su princesita ya no venía a verle, pensaba que, a lo mejor como los sapos, debía invernar durante los meses de frío hasta que llegara de nuevo la primavera. Buscándola por la pradera pasó un día junto al sauce y le preguntó si había visto a la niñita que solía venir a jugar a su sombra. Los árboles son muy sabios y entienden todas las lenguas, pero no pudo explicarle por qué la niñita ya no venía a jugar junto a la charca.

– ¡Pero ella me dijo que yo soy su príncipe!, ¡y que algún día nos casaríamos!

El árbol le respondió con su infinita sabiduría que no se conocía el caso en que dos individuos de distinta naturaleza se hubieran casado, y que para eso el sapito tendría que convertirse en una persona, en un humano, como la niñita.

– ¿Y cómo puedo convertirme en un hombre? Quiero casarme con ella, estoy muy triste desde que no viene a verme…

Entonces el sauce le narró la leyenda, que cuenta que para romper el hechizo que tiene atrapado a un príncipe en el cuerpo de un sapo, la princesa debía darle un beso de amor. Entonces el sapo, seducido por la historia que acababa de contarle el árbol, se despidió de él y volvió a su charca con su familia y, una vez allí, nadaron todos juntos a lo más profundo del estanque y en su casita se dispusieron a preparar el invierno con las mejores algas que entre todos, sus hermanos y sus padres, habían recolectado. El joven sapito quedó dormido enseguida con la feliz idea de despertar a la primavera siguiente y encontrarse de nuevo con su amor que le convertiría en humano y así poder vivir juntos para siempre.

Pasaron pues otoño e invierno y con la llegada de la primavera la pradera volvió a cubrirse con su mejor manto de flores, de tantos colores como el arco iris y fragancias dignas de la alta cuna. El anciano sauce mostraba el mejor aspecto en muchos años, sus ramas eran más fuertes y frondosas y sus verdosas plumas radiaban vitalidad. Y un buen día la niñita volvió a la charca, y después de recoger un buen puñado de flores fue a sentarse bajo la sombra de su ángel. Entonces llamó a su sapito he hizo una corona de crisantemos. Pasaron los minutos y volvió a llamar a su principito, y así una y otra vez, pero el sapito no aparecía. Su alegre sonrisa fue tornándose en tristeza y poco a poco fue apagando sus simpáticas canciones, y al final de la mañana volvió cabizbaja a su casa con el pesar de no haber encontrado a su amigo de la charca. Y así fue que transcurrieron los días y los meses y volvió a llegar el frío y la lluvia y la niñita ya no volvió por la pradera.

Ocurrió que el perezoso sapito estaba tan profundamente dormido que no despertó con la llegada del buen tiempo, estaba sumergido en tan maravilloso y fantástico sueño que durmió y durmió durante años, sucediéndose las primaveras y los inviernos. La niñita creció y un año ya dejó de ir por la pradera y quedaron solos el sauce y la charca. Por fin una primavera el sapito que ya no era tan pequeño despertó. Sus padres no podían dar crédito a lo que veían, había invernado durante tanto tiempo que creían sufría una extraña enfermedad, pero no fue así, ahora era todo un apuesto sapo, con unas increíbles vetas pardas en su poderosa y ancha espalda y una planta digna de todo un príncipe. Se sentía tan fuerte que nada más levantarse de la cama echó a nadar a toda velocidad, moviendo elegantemente sus patas y enseguida había llegado a la otra orilla de la charca. Maravillado por la potencia de sus músculos dio un atlético salto y fue brincando hasta los pies del sauce llorón. Esperaba impaciente encontrarse de nuevo con su amada princesita, pero ella no estaba allí sentada, ni oía su armoniosa voz en la pradera. Le preguntó al árbol si la había visto pasar pero solo le pudo responder que estuvo viniendo los primeros años, hacía ya tiempo de eso. Así que el pobre sapo, con los ojos inundados de amargas lágrimas, volvió a la charca y se dejó caer como cuando cae una piedra, dejándose arrastrar por su propio peso hasta el fondo del estanque. No había transcurrido una semana cuando oyó la voz de su amada y de nuevo salió a la superficie. Nervioso se ocultó tras unas piedras en la orilla donde pudo verla después de tanto tiempo. Ya no era una niñita, era una preciosa mozuela de anchas caderas y generosos pechos. Cual fue su sorpresa cuando se dio cuenta de que iba acompañada de un joven hombre, alto, fuerte, rubio… Iban cogidos de la mano y llegaron hasta el sauce donde se sentaron y comenzaron a besarse. El sapo no daba crédito a lo que tenía delante de sus ojos, su amada había encontrado otro príncipe, se había olvidado de él, y lo peor de todo es que no podía hacer nada, no podía enfrentarse a un hombre aun siendo un sapo tan fuerte y apuesto como él. Se sentía tan mal que apenas pudo dar los pocos pasos que le separaban del agua, se dejó caer y nadó pesadamente hasta un rinconcito de la charca, oculto por unas enormes algas, y allí sentado lloró y lloró. No entendía cómo su amada princesita se había olvidado de él, después de todo lo que habían pasado y lo mucho que se habían querido, no lo entendía, no. Durante lo que restaba de verano no volvió a salir a la superficie, no quería volver a verla.

Empezaban a caer ya las primeras hojas de los árboles, los días eran más cortos y empezaba a hacer frío. La familia del sapo se preparaba como todos los años a pasar el invierno, arreglaban la casa y llenaban la despensa. Pero el sapo no quería seguir en la charca, no podía vivir con la amargura de su roto corazón en una charca y una pradera que tan malos recuerdos le traían, así que, una noche de madrugada, dejó una nota a sus padres en la puerta y se fue de casa, salió del estanque y a saltos abandonó la pradera. Pasó por lagos enormes, se sumergió en infinidad de ríos y atravesó grandes extensiones de tierra. Aprendió muchas cosas en su viaje y conoció muchos congéneres suyos. Aprendió que no existen hechizos que conviertan a sapos en príncipes ni princesas que se enamoren de sapos. Aprendió que cada individuo tiene su lugar y tiene que vivir conforme a sus limitaciones. Conoció peces de diversas especies, cangrejos, caracoles, grillos, lagartijas y acabó enamorándose de una preciosa ranita de un verde increíble. Se casaron y cuando llegó la primavera del siguiente año volvió a su charca acompañado de su nueva esposa. Su familia le recibió con gran alegría y celebraron con una fiesta la reciente unión y la vuelta del sapito príncipe de la charca. En unos meses construyeron una confortable casa para los recién casados y la normalidad volvió al estanque. El sapo era feliz de nuevo, tenía una preciosa mujer que le quería y de la cual estaba enamorado, tenía cerca a su familia y vivía en el estanque que le había visto crecer. Pasaba el tiempo y tuvieron hijitos, todos sanos y fuertes, y las primaveras se sucedieron como lo habían hecho hasta entonces. Vivieron en plenitud y vieron a sus hijos y a los hijos de sus hijos crecer en paz y armonía. Y durante todo ese tiempo de vez en cuando nuestro sapo oía la voz de la que había sido su princesa y nadando se acercaba a la orilla acudiendo a su llamada, se subía a lo alto de una roca y contemplaba a su niñita, a su princesa perdida, y ella le miraba a él, y le hablaba e incluso a veces lloraba amargamente. Jamás entendió el idioma de los humanos pero la complicidad que les unía era suficiente como para entenderla. La que fue una alegre niñita acabó siendo una desgraciada mujer que muy lejos quedó de vivir cual princesa, no encontró jamás un solo hombre bueno que la quisiera y cuidara de ella, y vivió tristemente soñando, pues era lo poco bueno que le quedaba, que aquel sapito al que iba a ver de vez en cuando a la charca en que jugaba de pequeña se convertía en su príncipe amado y como en el cuento vivían felices. Alguna vez sintió el sapo la necesidad de acercarse hasta ella y sentir el calor de sus manos, incluso llegó a dudar de que aquella leyenda del príncipe convertido por un maldito hechizo en un sapo fuera mentira, y más de una apunto estuvo de querer probar el sabor de aquellos labios de los que años atrás había quedado prendado, pero siempre, antes de que pudiera arrepentirse, saltaba de nuevo al agua y volvía junto a los suyos sin dejarse mirar atrás.

A cabezazos contra las costillas

Mi derrotado corazón busca el calor dentro de mi pecho
mientras tus piernas se abren al amor de otro maltrecho,
llora a gritos dándose cabezazos contra las costillas,
soñando con que algún día seas tú quien le saque las astillas.

Desde aquel ayer han pasado más de mil años, cigarro tras cigarro,
copa tras copa, ahogando mi poca vida que olvidaste tirada en el barro,
y es desde aquel ayer que trato de moldear tu cuerpo con él,
calado de dolor hasta las entrañas, untado en el pan la hiel.

Ya no habrá a quien cambiar unos pendientes por un beso,
y desde entonces a dios malvendo “socorros” al peso,
aullando en la ventana desde la que tantas lunas veíamos en la cama,
abrazados al parasiempre tan débil como la más débil rama.

Rotos tengo los nudillos de la mano de llamar a tu puerta,
acurrucado en el quicio sólo te oigo gemir, desde tu huerta,
sin fuerzas para alzar la voz en tu nombre, para echar una lágrima,
espero a la guadaña y su señora, ¿qué es esa luz tan paupérrima?