Siéntelo Dave

Vamos Dave, está bien que me digas que te anima escuchar la misma canción una y otra vez, pensar que es ella, ESA morena, quien la susurra a tu oído. Sí, no soy imbécil, sé que el disco es de Luz Casal, pero la voz con la que tú sueñas que te la canta es de quien te digo, ESA que quedó atrás, la que ya no volverá. ¿Qué diablos quieres? Cada uno tiene lo suyo, bien que lo sabes, Dave. A todos nos tocan nuestras cartas y tenemos que saber jugar con ellas, es lo que hay. Nada será como lo que hubo, pero Dave, maneras de seguir adelante hay muchas, dos al menos, hundirse o remar. Ese combate en el que andas metido es jodido pero, sin ser boxeadores, todos tenemos el nuestro y tú eres el fuerte, ella te lo dijo además. Eres un tipo duro, aunque te lo pases por el forro, aunque te veas sin fuerzas, pero en el fondo lo sabes, y lo eres Dave. Volverás a pelearte dentro y fuera del ring, es sólo cuestión de estima. No sé dónde la tienes ahora, si pudiera te ayudaba a encontrarla, pero ni yo, ni Luz Casal, ni ESA otra la tenemos. Sí, ya sé que no lo sientes así Dave, pero tu mierda no depende de nadie, ni del otro, depende de ti mismo, tú eres el único que puede quitársela de encima y empezar de nuevo. Sabes lo que hay, que no es poco, pero también sabes que puedes con ello si te lo propones. Cuestión de voluntad, Dave. ¿Dónde la tienes?.

No, no se la llevó nadie Dave, tu voluntad está sólo en tus manos. Es el odio quien te ciega, tanto que no ves la luz de cómo volver, y esa luz no te la va a poder mostrar nadie, vas a tener que encontrarla tú mismo. Abre los ojos, porque ese camino que has de andar es sólo tuyo, los demás sólo podemos verte llegar desde la meta. Dave, adorabas a Induráin, quisiste ser como él hace años y ahora es tu oportunidad; mete tu marcha, la que bien conoces, y dale con todas tus fuerzas. Puede que en algún momento sientas que no avanzas, pero el camino es largo y tu piñón fijo demoledor. Tira maldita sea, tira, llega a la meta y sigue rompiendo todos esos moldes que destrozaste, déjanos a todos atrás como has hecho hasta ahora. Cuando llegues tendrás tu premio Dave, te estarán esperando para recibirte con los brazos abiertos. Los demás iremos detrás, donde otras veces nos dejase. Ponte los guantes y sal a ganar; abre la puerta y deja que entre el sol. Siéntelo Dave, yo sí que creo en ti porque eres grande.

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Termodinámica aplicada

Una mala racha que había que pasar supongo. Mi mujer me había dejado, —¡…harta de compartir lecho con un extraño!— me dijo la muy golfa por dedicarme casi en exclusiva a mi trabajo. Y en mi trabajo, al que me dedicaba casi en exclusiva, no resulté ser alguien lo bastante importante como para ser imprescindible, o así concluyó mi responsable en una reunión extraordinaria, junto con otros tantos directores ejecutivos más de departamento, en la que rodaron unas cuantas cabezas a parte de la mía. Con viento fresco me mandaron, una mala racha como decía, y con él me fui tan lejos como me pudo llevar, el viento y el finiquito. Cambié el despacho por la zona de embarque de la T4, el portátil por un periódico gratuito y el menú del día del bar de enfrente por el que servían en primera clase del Airbus, con alguna copa de tinto entre cabezada y cabezada.

Todo parecía obedecer a un plan maquiavélico, a un proceso metafísico del que algún ente, divino probablemente, organizaba a su placer. Si así era, me encontraba entonces en lo que podía ser la primera fase del mismo, la de “adaptación al medio” pongamos, porque durante las quince horas siguientes recorrí miles y miles de kilómetros sin moverme del asiento, viendo pasar la orografía de medio planeta por una ventanilla que bien podía ser pantalla. Pronto me di cuenta de que no era yo el que se desplazaba, sino el mundo el que giraba bajo mis pies. De que no era yo el despedido, sino mi empresa la expulsada de mí, al igual que mi mujer, de la misma forma que excreciono tras un buen desayuno. No era yo pues el que viajaba sino el entorno, mutando el exterior del habitáculo de aluminio, titanio y fibra de vidrio, construido con el fin de preservarnos a mí y a la otra larga centena de individuos que me acompañaban, de las turbulencias de un medio ajeno e impredecible que no soportábamos, que no queríamos para nosotros. Yo era pues el medio.

Tan pronto como Narita fluyó dentro de mí empezó la segunda fase, algo como una “transformación metabólica”, en la que el organismo muta su materia en energía. Como ya dijo en su momento un tal Lavoisier, ésta ni se crea ni se destruye, sólo se transforma. Esto me llevó hasta una estrecha cama del Tokyo Grand Palace, donde la sinestesia del jetlag acabó por abrirme el mueble bar de la suite, sin nada que ofrecerme más interesante que lo que las calles me podían brindar. Calé pues, tras calzarme unas ropas adecuadas que disimularan mi actual proceso termodinámico, en un pequeño pub del distrito de Guinza donde, escaleras abajo, me apropié de una rubia de cuello estrecho y culo ancho. Allí guiñé el ojo a una cajita de cerillas que encendió unos tantos marlboros europeos que llevaba conmigo y, con nuestro pobre inglés, conversamos camarero y servidor hasta que el cierre se nos echó encima y nos fuimos a tomar otra, amigos ya, a Roppongi Hills.

Una vez allí, he sentido la necesidad de detener el proceso, unos segundos tan sólo, para evaluarlo. Tras un análisis exhaustivo he concluido que todo va según lo planeado. Me encuentro metido de lleno en esta segunda fase, metabolizando los etiles por las esquinas al relajar la cuadratura del círculo vicioso con un masaje a mi organismo, sintiendo en la misma espina dorsal pezones tan duros como ladrillos que me aguijonean el alma sin dolor alguno. La metamorfosis continúa por ende su lento proceso, desgarrándose la carne de mis huesos, al evaporarse cada una de las células ya inertes, y desmaterializar así mi cuerpo. Me sirven un Black Label de 12 años tan cargado que necesito coger aire tras ingerirlo. Arde una garganta que en un corto espacio de tiempo dejará de pertenecerme, de la misma forma que el resto de órganos, conductos, músculos, cartílagos y demás componentes metafísicos, dejaron ya de responder a mis impulsos nerviosos como paso previo a la pérdida de los mismos. Por suerte, acabo de sentarme en el reservado de mi alma donde, tras el vidrio de mis aún materiales retinas, una preciosa diosa de ojos rasgados se mueve, dobla y desdobla con tan sólo un minúsculo trapecio de tela, que apenas cubre su rasurada pelvis, y una barra vertical que se eleva; pero no sabría decir si delante, detrás o a través de ella. Dios, como ente inmaterial que es, parece estudiar mi proyecto, sometiéndolo a su estricto control analítico de calidad.

Cientos de destellos plateados recorren la estancia, en sentido contrario a las agujas del reloj, deteniendo la maquinaria de lo que todavía se llama mundo. El proceso de metamorfosis parece ralentizarse y, sorprendentemente, de la nada surge una erección carnal, quizá como resultado último de la ultramorfosis, mientras todo lo demás desaparece. Sorbo un trago espiritual de mi escocés, respiro y un billete materializado en celulosa se desliza desde mi cartera hasta la goma de ese divino tanga que poco después se desentiende de las caderas que lo sostienen. Todo un pase que muestra ante mis ojos hasta el mismo monte Sinaí. Un paisaje en el que, tras el pegado de su chicle sagrado en el objetivo de la videocámara de vigilancia, me sumerjo, metafóricamente hablando, a pleno pulmón. Buceo despacio y sin oxígeno a penas, pues ya no lo necesito, encorvándose ésta, como si una estaca atravesara su maldito corazón. Cabalgando juntos por estas y otras dimensiones, despojándonos de todas las partículas enlazadas, liberamos al final nuestra energía con tal poder que la luz se reparte hasta los rincones más recónditos del espacio/tiempo. Ya no somos nadie, somos nada, átomos independientes disfrutando de la emancipación incontrolada de electrones, con todo un universo corrido y recorrido hasta encontrarse de nuevo en el polvo cósmico de alguna galaxia reventada por los excesos. Ha tenido lugar la tercera y última fase: “liberación de la energía”.

Conclusión

Tras todo aquello, el proceso quedó completado. No quedó ni rastro alguno de cualquier molécula que formara parte de mi cuerpo antes de la saponificación. Yo era energía y sólo energía, fluyendo por las calles de la gran ciudad sin obstáculo alguno. El alcohol manaba en mí como yo en él, siendo los bares simples coordenadas de diferentes dimensiones. Dimensiones paralelas, enlazadas y conectadas como lo hacen los taxis de las grandes urbes. Lo último que recuero es abrirse por sí sola la puerta de atrás de un coche de servicio público. Fue el que me trajo de vuelta, cual hilo conductor, hasta una cama minúscula (el tamaño ya no importaba) del hotel Tokyo Grand Palace, a medio camino entre el cielo y la tierra, puesto que era una planta vigésima sobre el asfalto.

Al día siguiente la materia había vuelto, el tamaño de la cama sí importaba y la energía se había disipado produciendo una gran jaqueca en consecuencia, pero eso ya es otra historia.

Paris 96

Llegué a la habitación del hotel, tiré las llaves en la cama y según me iba desnudando por el pasillo me metí en el baño. Era ya tarde y aún no había comido, estaba cansado y llevaba días durmiendo poco. Llené la bañera con agua caliente, descorché el vino y encendí uno de esos cigarrillos que venden en las tiendas del barrio latino con grandes letreros árabes donde puedes comprar de todo, desde carne de camella hasta juegos de bolsillo. Con el cuerpo sumergido a lo largo de la bañera no recuerdo estar pensado nada especial, tan solo tenía aquella botella de vino que había comprado días antes en una gasolinera de Burdeos agarrada por el pescuezo, bebiendo de ella a tragos cortos. Hacía un frío que congelaba las ratas allá afuera, en la calle. Paris no era la deslumbrante ciudad que había imaginado, que me habían vendido, París era triste, gris, sin alma, la gente entraba y salía del metro como autómatas sin hilos, como parte del decorado, caminaban por la calle con la cabeza hundida entre los hombros, sin detenerse ni para mirar los semáforos, en silencio. Podía oler su soledad sólo con pasar a su lado, un hedor familiar, como si mi vacío conectara de alguna forma con el suyo… París apestaba a melancolía, a crepes y a vino barato. O quizá no fuera realmente así, quizá era yo quien quería imaginarlo de esta manera. El viaje se estaba torciendo, nada había salido bien y aquello se me escapaba irremediablemente de las manos. Yo no podía hacer nada para evitarlo, lo único que podía hacer era relajarme en aquella bañera y dejar que pasara el tiempo, que corriera el tinto junto con las manillas del reloj y esperar que todo aquello acabara. Habían hecho un gran pastel para mi pero iba a ser otro el que se lo comiera, simplemente a mi no me habían puesto el plato la noche de la gala. Maldita mi suerte, acabé emborrachándome con el servicio.

Aquel baño fue como encontrar un oasis después de caminar una semana por el maldito desierto, al fin y al cabo sólo me quedaban dos días en París y después de eso, pasara lo que pasara con la tarta, volvería a mi ciudad, a mi casa, y probablemente en mi ciudad haría más calor. El ser humano no era más que una masa estúpida y amorfa moviéndose por inercia, sin sentido, como lo hacen las gallinas en un corral. Yo estaba bien en mi parte del gallinero sin salir allá fuera, ya lo creo si se estaba bien allí, sólo, con el agua caliente que me cubría empañando el espejo, jugando a hacer pompas con el ombligo, dejando que las caladas llegaran hasta abajo del estómago, echando el humo despacio, como si dejaras escapar un largo gemido, como si te la chuparan hasta el éxtasis, haciendo roscas con la boca. Estando en la bañera, con el vapor colgando del techo, arrugadas las yemas de los dedos y el vino a punto de acabarse, E. se podía ir al carajo, el tipo que se fuera a empachar con E. se podía ir al carajo y el mundo entero se podía ir también al carajo.

Gilipollas

Hacía mucho tiempo que había olvidado ese rasgo de mi estúpido rostro y sin embargo fue de nuevo una mujer quien me recordó que tenía cara de gilipollas, necesitó sólo un par de segundos para hacerme hurgar en la memoria y sacar la careta de ese bolsillo en el que no meto la mano ni para buscar un último pitillo. Un gran gilipollas. De pequeño rodaba por las calles la leyenda urbana de que gilipollas significaba sin-pene: gili=sin, pollas=pene. Más tarde el tiempo desmontó aquella teoría cuando intenté perder la virginidad y costó dios y ayuda meter aquel trasto. Quizás por eso se me quedó esta cara que paseo allá por donde voy. Y haciendo un esfuerzo como el que aprieta en el inodoro agarrándose las pantorrillas, recordé también que en mi adolescencia tenía un ridículo diario algo breve llamado “Tristes memorias de un gilipollas”, rótulo ideal para el cartel de una película cualquiera de Woody Allen, personaje con el que además compartía similitudes de ciertos rasgos de gilipollas. Gilipollas, sí, pero no tonto, como ya le dije, o imaginé que le decía, a una novia que tuve, ahora felizmente separada de mí, cuando me la jugó y quise darme cuenta: seré gilipollas pero no tonto. Finalmente hice el tonto para después quedarme con cara de gilipollas. Si ser gilipollas estuviera remunerado hoy sería insultántemente rico.

Los años hicieron que la careta de gilipollas que me había acostumbrado a llevar se fuera mimetizando con la carne, los cartílagos y los huesos del cráneo, empezó a crecer pelo por doquier a lo largo, más que ancho, de mi cara y comencé a beberme los cubatas en mis gafas de culo de vaso. Cambié de casa y olvidé limpiar los espejos (ya no se fijaban en mí) y con el olvido se fue mi conciencia de mi cara de gilipollas, y así hasta la fecha que no había vuelto a hacer acto de presencia. Rememorado de nuevo alcancé a ver cuan gilipollas había sido, y de nuevo, lamentándolo mucho, era consciente de que nunca había dejado de ser un gilipollas, porque gilipollas es el que hace gilipolleces, porque gilipollas se nace, no se hace. Así que supongo que arrastraré mi careta de gilipollas hasta que un novio celoso o cualquier otro borracho me la arranque a puñetazos por meterme donde no me llaman, porque soy gilipollas.

Uno Nueve Nueve Siete

Eran viejos tiempos, los buenos tiempos. Entonces era fácil pelear por lo que querías, tenías un plato de comida, un techo y una cama en casa de tus padres. Por aquel entonces yo era joven y gilipollas, apenas asomaba algún pelo en mi barbilla y boxeaba por las tardes en un gimnasio del barrio. Llevaba tiempo haciéndolo, me apunté para quitarme algunos miedos y no acabó dándoseme mal, no era demasiado ágil fintando pero sabía hacer daño, castigar el hígado y no sólo el propio. Esa era mi virtud. Salía a la calle y cualquier tipo que me cruzara pensaba cuantos asaltos me duraría. Ahí fue cuando empecé a darme cuenta de que no me gustaba demasiado la gente. Odiaba al sistema y el sistema me odiaba a mí, en algo estábamos de acuerdo. Eran los 90, los socialistas “okupaban” la Moncloa y yo la casa de mis padres.

También iba al instituto, me sentaba en la segunda fila y escribía, pero no precisamente lo que llegaba hasta mis oídos. Era un pésimo estudiante y aun así esperaba que estando cerca de la pizarra y de los “empolladuras” pudiera aprobar el curso y olvidar de una vez los libros. Ella era uno de ellos, se sentaba justo delante, pero mi proximidad en este caso no se debía sólo a mi objetivo de aprobar el bachillerato. Ella me picaba y yo la buscaba, juego de niños del que no esperaba ya mucho, que me echaran de clase. Era un perdedor y lo tenía grabado en la frente. No sé por qué carajo escogí ciencias puras, odiaba las ciencias y odiaba cualquier maldita cosa que tuviera que estudiar sólo por obligación, sin ningún tipo de motivación añadida. En aquella época yo solía vestir los mismos pantalones rotos y camisetas oscuras, con el pelo corto y cara de mala leche.

La profesora de física solía venir a clase con falda por encima de las rodillas y medias de rejilla con colores primarios. Era delgada hasta la médula, roja de pelo y creencias y cara acartonada por la cerveza y la marihuana. Era incapaz de entender lo que explicaba todas las mañanas a través de su proyector, me pasaba las horas haciendo dibujos en los márgenes y escribiendo poemas absurdos en el cuaderno, pero esa señora me gustaba. Cuando empezaba la clase traía su chisme en un carrito y siempre me pedía que extendiera la pantalla. Tenía que salir a la pizarra, delante de toda la maldita clase, y tirar de una cuerdecita hasta anclarla en un tornillo diminuto. Si no la sujetabas bien la hijadeputa se enrollaba de nuevo haciendo un ruido ensordecedor. Una de las veces, intentando asegurarme, tiré con fuerza de la cuerda, la enganché mal y se enrolló de nuevo armando un escándalo tremendo. Treinta y tres pares de ojos clavados en mi culo y en aquel silencio incómodo sólo se oyó a ella diciéndome —¡qué ímpetu tienes!—.

En inglés teníamos a un tipo calvo, bajo y regordete. Parecía simpático mientras no le conocieras, luego se acabó. En cuestión de meses sus clases acabaron siendo un auténtico coñazo, al consumir los 60 minutos despotricando del gobierno y del sistema. Se quejaba continuamente de su sueldo, de los inmigrantes sin papeles y de su exmujer. Al resto le hacía gracia, a mí me agotaba y, cuando eso sucedía, le pedía permiso para ir al baño. Sólo quería escapar de allí, y me pasaba el resto de la clase en el pasillo, fumando cigarrillos y mirando por la ventana a las chicas que hacían gimnasia en el patio.

Me aburría estudiar, desconocía su utilidad y pasaba el tiempo que duraban las clases dibujando o escribiendo. Pintaba pelos de polla con el portaminas fino en las mesas, se los enseñaba a mis compañeros de al lado y luego los soplaba hacia ellos para descojonarnos. Dibujaba gente follando en distintas posturas, hacía caricaturas de profesores y alumnos y escribía letras estúpidas de canciones que nunca sonaron; me echaban de clase. Pasé la mitad del curso allí, en el pasillo, fumando lo que podía, jugando al mus y mirando por las ventanas.

Era un tipo que se creía duro y, cuando salía a la calle, ya fuera pleno invierno, iba con mis pantalones rajados por todos lados y camisetas de manga corta debajo de mi gabardina negra. Corté los dedos de mis guantes para poder fumar sin que se me quemaran. Me emborrachaba los fines de semana con mis amigos jevis en Malasaña y regresaba como podía a casa. Si veía luz por la ventana del salón me quedaba en el parque del instituto, tumbado en un banco, medio dormido, esperando que se acostaran mis padres. Era un gallito gilipollas y ella, la chica que me gustaba, se había liado con el más palurdo de la clase un año antes, confiaba en que algo hubiera cambiado pero no las tenía todas conmigo. Consumí los últimos días de mi pubertad repartiendo puñetazos a un saco y doblando aprendices de púgiles, bebiéndome la vida en minis de los chinos, pintando monas, soñando con ella y escribiendo poemas absurdos.

Finalmente aprobé y ella, la chica que me gustaba, acabó saliendo conmigo. 1997 no fue tan mal año como pareció ser en un principio. Después vinieron años peores, no quedaba otra.