Más pelo asomando por los orificios de la nariz

Dave, igual que sabes dar las hostias sabes encajarlas, ya soltaste alguna por ahí cuando creíste oportuno y te dieron otras tantas bien fuerte; al final te fue bien en su momento aunque ni de coña fueron de estas, metafóricamente hablando. ¿O sí? Siempre te estás colocando los cojones, son grandes y los vaqueros te los pellizca, y esto no es una metáfora. Eso es, colócate los huevos, estamos en confianza. El peso de las cosas, ya sean físicas o no, es a veces inescrutable. También lo es rascarse las cicatrices que dejan. Tienes amigos, me tienes a mí, y encontraremos alguna forma para salir de toda esta mierda, por tus cojones y por los míos que no quede. Y por los de tu mujer seguro que tampoco, esto sí es metafórico. Ya sabes, mala hierba… Lo eres y lo sabes, pero te lo han dicho tantas veces que estarás hasta donde te rascas la entrepierna, normal que te los coloques tanto. Quizás para aliviar el asunto sea mejor no llevar calzoncillos, aunque sean de Calvin Klein, esto también es metafórico. O esta vez no… Me da que si hubiera más gente no nos iba a entender ni dios, pero ¿acaso nos importaría? Nunca te ha molestado un carajo casi nada a menos que te tocara la fibra esa que tienes a buen recaudo, pero si ahora te estabas quitando esa oxidada armadura… Al menos has aprendido, aunque fuera a hostias, el peso de la misma; ya da igual que estés incluso sin calzones, ¿eres fuerte o no? A veces.

A veces pasa que todo se tuerza y estés agotado, entonces más vale descansar. Puede que al día siguiente hayas cogido fuerzas, si es así entonces podrás subir ese maldito puerto de montaña y ver las cosas desde otro punto de vista. Lo sabes tan bien como lo sabía tu padre. Eres grande Dave y nos sobran los motivos, ya te lo dije en algún momento y te lo digo ahora. Sé que conoces la canción de Sabina, tu gesto… No sales de una y te metes en otra. Literal es tanto lo uno como lo otro. Tú lo sabrás mejor que yo, pero sí que es jodido mantener el tipo en esta maldita vida, por mucho que recortes el pelo que tengas asomando por los orificios de tu nariz, por muchas ganas que tengas, y últimamente tanto pelos como ganas tenías… Suele pasar, también literalmente.

Suele pasar que quieras un refresco para acabar de copas como suele pasar que te enamores y acabes cual buen toro, corriendo los San Fermines sin saberlo… Suele pasar. ¿Nos sobran los motivos quizás? Descansemos pues un rato con esta canción de fondo, aunque sólo sea por unas horas, porque mañana nos enfundaremos el maillot para subir a Cotos y por hoy ya hemos hecho suficiente, literalmente, como viene pasando. Buenas noches, figura.

A mis casi veinte y diez…

Los muertos como yo no escriben poemas, ni trabajan en fabricas inhumanas ni fuman con o sin tabaco, no duermen de medio lado ni se van de viaje donde habita el olvido, ni siquiera nadan en el mar muerto. Los muertos no se empalman al amanecer, ni se acatarran con los hielos de los cubatas ni beben hasta morir después de que el gallo cante por tercera vez ni, tampoco, hacen que la aguja del velocímetro del coche tiemble al recostarse a la derecha del mismo. Pero, como dijo San Sabina, ¿a quien le puede importar después de muerto que uno tenga sus vicios?. A los muertos todo se la suda, porque ya pasaron a mejor vida, es lo que tiene, pero aun así mantienen esa nostalgia volátil de cuando todavía tenían venas y sangre que circulara por ellas, echando de menos aquello que con el tiempo empiezan a creer que estuvo de más. Eso nos pasa a los muertos, que tardamos en darnos cuenta de nuestra condición de no-vivos, de que aquello acabó y si seguimos aquí es de prestado. Una copa, un cigarro y algo de buena compañía no hace daño a nadie, menos si estás muerto, cuesta asumirlo (no la adicción al tabaco o al alcohol, sino lo de estar muerto) pero una vez reconocido tiene su lado bueno, nada malo puede pasarte ya. Ese es un consejo que nadie me dio pero que no hubiera estado nada mal: vive tu vida como si ya estuvieras muerto.

Esto dicho así, de aquella manera, guarda cierto parecido con lo de vive como si cada día fuera el último, pero sin la amenaza de palmarla antes de despertar. Si sigues vivo lo menos que puede pasarte al oír esto es que tengas pesadillas como cuando viste Poltergeist (del alemán poltern, hacer ruido, y Geist, espíritu) por primera vez con 9 años, pero no es mal consejo después de todo. En mi caso, ahora que soy consciente de mi muerte hace unos años, empiezo a saborear —siempre he tardado en adaptarme a los cambios— mi condición de no-vivo y, por extensión, la calma de falta espiritual (los muertos carecen de esos 27 absurdos gramos de órgano y se agradece). Se nace y se muere —solo— y vas del coño al hoyo casi en un abrir y cerrar de ojos, cuando quieres volver a abrirlos ya ha pasado, se acabó. Después el camino es largo y la adaptación jodida, como subir un ocho mil, pero la perspectiva que se alcanza al llegar a la cima es más grandiosa si cabe: es colosal. Sentarte a esperar que el inmaterial bello de tu cuerpo ya inexistente se erice con la visión universal que tu nueva condición te proporciona es un orgasmo brutal no apto para universitarios, diabéticos o cualquier otro grupo de riesgo. Sírvete una copa y brindemos por ello, muerto se vive mejor, o al menos se vive.

Grandes son las noches

Eres la protagonista de este capítulo, te lo cedo, a quién puede importarle después de muerto que uno tenga sus vicios… De sobra sabes que eres la primera, que sin ti no es lo mismo, ni es la misma estrella quien te está durmiendo… Dímelo tú, estrella…

Y te acuerdas de aquella noche (siempre hay una noche) en la que fuimos alguien tú y yo, y fue buena, y quisimos que no terminara, pero todo, irremediablemente, se acaba en esta maldita vida.

Y probablemente quisieras que se repitiera, volver atrás a esa nuestra noche. Y estaría bien, seguro, y compartir algo más que el susurro de la yemas de los dedos y el brindis de las copas que una y otra vez fueron rellenadas de vagas promesas que se perdieron con aquella noche, pero… Blank page is all the rage…

Qué maravillosas son las noches contando esas estrellas que te acunan, manta en mano y cigarro en la otra, echándole el humo a la luna. Noches de verano, capaces de hacer de nosotros lo que no somos y darnos lo que no tenemos. Hasta los gatos, pardos o no, están agradecidos de esas nuestras noches.

Y es que cualquier noche los gatos de tu callejón maullarán a gritos esta canción, porque voy a salir esta noche contigo, se quedaran sin beatos las catedrales y seremos dos gatos al abrigo de los portales, pero yo sólo canto si tú me demuestras que es verde la luz de tus ojos de gata.