Porque si no lo digo reviento

Los galápagos son reptiles. Esa es una de las cosas con las que me quedé. Otra es la fruta, que hay que tomarla antes del almuerzo por algún proceso de oxidación que desconozco. Me quedé también con el silencio (aunque venía de serie), con el Lido, La Sede, el Seis Peniques, el Déjate Besar, El Libro, los pinchos de los picos de Europa y el karaoke aquel, con el zumo de tomate, el JB cola y un chorrito de limón, las avellanas y el Cariñenas, con Wild at Heart, Wicked Game, As I Sat Sadly by her Side, el helado de tarta de queso con mermelada de fresa y cookies y los pájaros en la ventana, con los cientos de tickets de autobús en mi mochila y la vista de Madrid en agosto desde la cuesta de las perdices en la carretera de la Coruña, el frío de la Ciudad Universitaria, caminando desde medicina hasta biología y su campus al sol de invierno. Me quedé con las cintas de Smashing Pumpkins, Apollo Four Forty y Los Piratas, las largas charlas con o sin el portero de la Infanta Mercedes y el parque de la Avenida del Brasil, las puestas de Sol de Rodríguez Sahagún y El Retiro, la Magdalena, el hotel Chiki, el Sardinero y su casino. Me quedé con la química, orgánica e inorgánica, el callo, la madre que te parió, la cocina de Puerta del Ángel, el sofá de Santander y otros cuantos sofás más, alguna que otra piscina y la playa de Gandía. Me quedé con una sonrisa, tu sonrisa y la mía y un tiempo en que el mundo fue la parte que aun me sobra.

O dicho de otro modo, el pellejo sin cortar de una fimosis no efectuada. Porque si no lo digo reviento.

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Paris 96

Llegué a la habitación del hotel, tiré las llaves en la cama y según me iba desnudando por el pasillo me metí en el baño. Era ya tarde y aún no había comido, estaba cansado y llevaba días durmiendo poco. Llené la bañera con agua caliente, descorché el vino y encendí uno de esos cigarrillos que venden en las tiendas del barrio latino con grandes letreros árabes donde puedes comprar de todo, desde carne de camella hasta juegos de bolsillo. Con el cuerpo sumergido a lo largo de la bañera no recuerdo estar pensado nada especial, tan solo tenía aquella botella de vino que había comprado días antes en una gasolinera de Burdeos agarrada por el pescuezo, bebiendo de ella a tragos cortos. Hacía un frío que congelaba las ratas allá afuera, en la calle. Paris no era la deslumbrante ciudad que había imaginado, que me habían vendido, París era triste, gris, sin alma, la gente entraba y salía del metro como autómatas sin hilos, como parte del decorado, caminaban por la calle con la cabeza hundida entre los hombros, sin detenerse ni para mirar los semáforos, en silencio. Podía oler su soledad sólo con pasar a su lado, un hedor familiar, como si mi vacío conectara de alguna forma con el suyo… París apestaba a melancolía, a crepes y a vino barato. O quizá no fuera realmente así, quizá era yo quien quería imaginarlo de esta manera. El viaje se estaba torciendo, nada había salido bien y aquello se me escapaba irremediablemente de las manos. Yo no podía hacer nada para evitarlo, lo único que podía hacer era relajarme en aquella bañera y dejar que pasara el tiempo, que corriera el tinto junto con las manillas del reloj y esperar que todo aquello acabara. Habían hecho un gran pastel para mi pero iba a ser otro el que se lo comiera, simplemente a mi no me habían puesto el plato la noche de la gala. Maldita mi suerte, acabé emborrachándome con el servicio.

Aquel baño fue como encontrar un oasis después de caminar una semana por el maldito desierto, al fin y al cabo sólo me quedaban dos días en París y después de eso, pasara lo que pasara con la tarta, volvería a mi ciudad, a mi casa, y probablemente en mi ciudad haría más calor. El ser humano no era más que una masa estúpida y amorfa moviéndose por inercia, sin sentido, como lo hacen las gallinas en un corral. Yo estaba bien en mi parte del gallinero sin salir allá fuera, ya lo creo si se estaba bien allí, sólo, con el agua caliente que me cubría empañando el espejo, jugando a hacer pompas con el ombligo, dejando que las caladas llegaran hasta abajo del estómago, echando el humo despacio, como si dejaras escapar un largo gemido, como si te la chuparan hasta el éxtasis, haciendo roscas con la boca. Estando en la bañera, con el vapor colgando del techo, arrugadas las yemas de los dedos y el vino a punto de acabarse, E. se podía ir al carajo, el tipo que se fuera a empachar con E. se podía ir al carajo y el mundo entero se podía ir también al carajo.

Gilipollas

Hacía mucho tiempo que había olvidado ese rasgo de mi estúpido rostro y sin embargo fue de nuevo una mujer quien me recordó que tenía cara de gilipollas, necesitó sólo un par de segundos para hacerme hurgar en la memoria y sacar la careta de ese bolsillo en el que no meto la mano ni para buscar un último pitillo. Un gran gilipollas. De pequeño rodaba por las calles la leyenda urbana de que gilipollas significaba sin-pene: gili=sin, pollas=pene. Más tarde el tiempo desmontó aquella teoría cuando intenté perder la virginidad y costó dios y ayuda meter aquel trasto. Quizás por eso se me quedó esta cara que paseo allá por donde voy. Y haciendo un esfuerzo como el que aprieta en el inodoro agarrándose las pantorrillas, recordé también que en mi adolescencia tenía un ridículo diario algo breve llamado “Tristes memorias de un gilipollas”, rótulo ideal para el cartel de una película cualquiera de Woody Allen, personaje con el que además compartía similitudes de ciertos rasgos de gilipollas. Gilipollas, sí, pero no tonto, como ya le dije, o imaginé que le decía, a una novia que tuve, ahora felizmente separada de mí, cuando me la jugó y quise darme cuenta: seré gilipollas pero no tonto. Finalmente hice el tonto para después quedarme con cara de gilipollas. Si ser gilipollas estuviera remunerado hoy sería insultántemente rico.

Los años hicieron que la careta de gilipollas que me había acostumbrado a llevar se fuera mimetizando con la carne, los cartílagos y los huesos del cráneo, empezó a crecer pelo por doquier a lo largo, más que ancho, de mi cara y comencé a beberme los cubatas en mis gafas de culo de vaso. Cambié de casa y olvidé limpiar los espejos (ya no se fijaban en mí) y con el olvido se fue mi conciencia de mi cara de gilipollas, y así hasta la fecha que no había vuelto a hacer acto de presencia. Rememorado de nuevo alcancé a ver cuan gilipollas había sido, y de nuevo, lamentándolo mucho, era consciente de que nunca había dejado de ser un gilipollas, porque gilipollas es el que hace gilipolleces, porque gilipollas se nace, no se hace. Así que supongo que arrastraré mi careta de gilipollas hasta que un novio celoso o cualquier otro borracho me la arranque a puñetazos por meterme donde no me llaman, porque soy gilipollas.

Quiero ser un mono

Hace una calor de cojones, me sudan hasta los huevos y aquí estoy, intentando escribir algo después de mucho tiempo, creo que casi una semana, pero me parece toda una vida. Eso me alegra porque quiere decir, o así al menos lo entiendo yo, que soy capaz de morir y resucitar al cabo de 7 días, unos más tardo que algún funcionario. Normalmente muero el lunes, tras agonizar todo el domingo, resucitando los martes. Y es que los lunes suelen ser, son, muy jodidos. La reencarnación en uno mismo no está tan mal, visto lo visto, virgencita que me quede como estoy. Hablando de estar, que no de ser, estoy algo preocupado porque últimamente entra más trabajo que mujeres en mi casa, quizá por este motivo el otro día me sorprendí buscando scorts por internet, curiosidad… Y hallé una rusa con cuyo nombre no me quedé, pongamos que Melani. Melani vive a una parada de metro de mi casa, justo de camino a mi oficina. 21 añitos, morena, 95-60-90, francés natural, beso negro y todas las cerdadas que pueda imaginar, recibe en su apartamento de Antonio Machado y también a domicilio. Buenas fotos y mejores servicios. Alguna vez conocí alguien así, pero no creo que ésta fuera tan puta, al menos fuera de horario.

Al final todo se queda en el morbo, y el morbo por el morbo es un estúpido entretenimiento que los vídeos porno resuelven sin mayor problema ni gasto. La profesionalidad en estos asuntos enfría mucho el tema. Es mejor alguien más cercano y sano. Cuántos polvos habríamos echado a las novias de los colegas, las hermanas de los colegas, las amigas de sus novias o una melé con todas juntas… Esto me lleva a pensar que el reino animal nos lleva mucha ventaja en eso. Cuando vuelva a morir creo que voy a pasar de reencarnarme en mí mismo, quiero ser un chimpancé de zoo, quiero mear a los curiosos que se amontonen frente a mi jaula en sus estúpidas caras, quiero comer cacahuetes a mansalva y follarme a las monas que metan entre los barrotes de mis dominios… Eso es vida y no estar a las dos de la mañana bebiendo cerveza fría porque hasta las sábanas me sobran en la cama, sentado frente al ordenador y golpeando unas teclas que sólo escriben gilipolleces, tú bien lo sabes. Te hago de menos, añoro tu silencio, tu sonrisa mordida y esos ojos flirteando con el vacío que nos separa, tus menudas manos con esas uñas pintadas de rojo puta sosteniendo el taco y pegándome una soberana paliza al billar. Me gusta el universo que nos separa, planeta y satélite, y me gusta el jamón cortado fino de las lonchas de tus piernas. Pero aquí sigo, refrescando mi gaznate y escribiendo tonterías, cuando acabo de nacer y me parecen toda una vida los días que no te he visto.

Uno Nueve Nueve Siete

Eran viejos tiempos, los buenos tiempos. Entonces era fácil pelear por lo que querías, tenías un plato de comida, un techo y una cama en casa de tus padres. Por aquel entonces yo era joven y gilipollas, apenas asomaba algún pelo en mi barbilla y boxeaba por las tardes en un gimnasio del barrio. Llevaba tiempo haciéndolo, me apunté para quitarme algunos miedos y no acabó dándoseme mal, no era demasiado ágil fintando pero sabía hacer daño, castigar el hígado y no sólo el propio. Esa era mi virtud. Salía a la calle y cualquier tipo que me cruzara pensaba cuantos asaltos me duraría. Ahí fue cuando empecé a darme cuenta de que no me gustaba demasiado la gente. Odiaba al sistema y el sistema me odiaba a mí, en algo estábamos de acuerdo. Eran los 90, los socialistas “okupaban” la Moncloa y yo la casa de mis padres.

También iba al instituto, me sentaba en la segunda fila y escribía, pero no precisamente lo que llegaba hasta mis oídos. Era un pésimo estudiante y aun así esperaba que estando cerca de la pizarra y de los “empolladuras” pudiera aprobar el curso y olvidar de una vez los libros. Ella era uno de ellos, se sentaba justo delante, pero mi proximidad en este caso no se debía sólo a mi objetivo de aprobar el bachillerato. Ella me picaba y yo la buscaba, juego de niños del que no esperaba ya mucho, que me echaran de clase. Era un perdedor y lo tenía grabado en la frente. No sé por qué carajo escogí ciencias puras, odiaba las ciencias y odiaba cualquier maldita cosa que tuviera que estudiar sólo por obligación, sin ningún tipo de motivación añadida. En aquella época yo solía vestir los mismos pantalones rotos y camisetas oscuras, con el pelo corto y cara de mala leche.

La profesora de física solía venir a clase con falda por encima de las rodillas y medias de rejilla con colores primarios. Era delgada hasta la médula, roja de pelo y creencias y cara acartonada por la cerveza y la marihuana. Era incapaz de entender lo que explicaba todas las mañanas a través de su proyector, me pasaba las horas haciendo dibujos en los márgenes y escribiendo poemas absurdos en el cuaderno, pero esa señora me gustaba. Cuando empezaba la clase traía su chisme en un carrito y siempre me pedía que extendiera la pantalla. Tenía que salir a la pizarra, delante de toda la maldita clase, y tirar de una cuerdecita hasta anclarla en un tornillo diminuto. Si no la sujetabas bien la hijadeputa se enrollaba de nuevo haciendo un ruido ensordecedor. Una de las veces, intentando asegurarme, tiré con fuerza de la cuerda, la enganché mal y se enrolló de nuevo armando un escándalo tremendo. Treinta y tres pares de ojos clavados en mi culo y en aquel silencio incómodo sólo se oyó a ella diciéndome —¡qué ímpetu tienes!—.

En inglés teníamos a un tipo calvo, bajo y regordete. Parecía simpático mientras no le conocieras, luego se acabó. En cuestión de meses sus clases acabaron siendo un auténtico coñazo, al consumir los 60 minutos despotricando del gobierno y del sistema. Se quejaba continuamente de su sueldo, de los inmigrantes sin papeles y de su exmujer. Al resto le hacía gracia, a mí me agotaba y, cuando eso sucedía, le pedía permiso para ir al baño. Sólo quería escapar de allí, y me pasaba el resto de la clase en el pasillo, fumando cigarrillos y mirando por la ventana a las chicas que hacían gimnasia en el patio.

Me aburría estudiar, desconocía su utilidad y pasaba el tiempo que duraban las clases dibujando o escribiendo. Pintaba pelos de polla con el portaminas fino en las mesas, se los enseñaba a mis compañeros de al lado y luego los soplaba hacia ellos para descojonarnos. Dibujaba gente follando en distintas posturas, hacía caricaturas de profesores y alumnos y escribía letras estúpidas de canciones que nunca sonaron; me echaban de clase. Pasé la mitad del curso allí, en el pasillo, fumando lo que podía, jugando al mus y mirando por las ventanas.

Era un tipo que se creía duro y, cuando salía a la calle, ya fuera pleno invierno, iba con mis pantalones rajados por todos lados y camisetas de manga corta debajo de mi gabardina negra. Corté los dedos de mis guantes para poder fumar sin que se me quemaran. Me emborrachaba los fines de semana con mis amigos jevis en Malasaña y regresaba como podía a casa. Si veía luz por la ventana del salón me quedaba en el parque del instituto, tumbado en un banco, medio dormido, esperando que se acostaran mis padres. Era un gallito gilipollas y ella, la chica que me gustaba, se había liado con el más palurdo de la clase un año antes, confiaba en que algo hubiera cambiado pero no las tenía todas conmigo. Consumí los últimos días de mi pubertad repartiendo puñetazos a un saco y doblando aprendices de púgiles, bebiéndome la vida en minis de los chinos, pintando monas, soñando con ella y escribiendo poemas absurdos.

Finalmente aprobé y ella, la chica que me gustaba, acabó saliendo conmigo. 1997 no fue tan mal año como pareció ser en un principio. Después vinieron años peores, no quedaba otra.

Dave, dos veces casado

Cuando has estado casado y te han jodido todo se ve distinto, tu cara de estúpida felicidad dejó de sonreír pero sigue siendo estúpida. La vida, tu vida, Dave, vale menos que los zapatos que calzas y aún así sigues llorando su pérdida… Ella se fue, te dejó hace muchos años y cada día que pasa tachas un número más en el calendario de tu cabeza. Tienes su dirección y su teléfono pero no sabes nada de ella desde entonces, porque cuando empezabas a marcar su número o llegabas a su calle te echabas siempre para atrás. Es una suerte que no hayas tenido críos con ella, ahora tendrían otro padre que probablemente sería mejor padre y aún mejor amante; y tú, Dave, estarías manteniéndoles a sus diminutas espaldas. Bebes desde que llegas de la oficina hasta que caes inconsciente en el sofá, un día tras otro, y te arrastras después hasta la cama deseando que mientras duermes algún mal diablo se lleve tu alma.

Rara es la noche que consigues cerrar los ojos un par de horas seguidas, pero al final siempre te despierta el mismo pitido del reloj de la mesilla y vuelves a empezar. Hablas con cien personas, doscientas veces al día y todas sus voces te parecen la del inerte monólogo del contestador de tu teléfono cuando lo descuelgas al llegar a casa, con la copa ya en la mano, deseando que sea Ella, y sin embargo el aparato te dice que no tienes ningún maldito mensaje. Quisiste dejar de fumar, Dave… Ahora te los comes de dos en dos y sólo te saben a humo y miseria. Ni siquiera el puto tabaco es lo mismo, como tampoco lo es el whisky de oferta, los trajes de saldo, la comida que ahora tomas enlatada o las mujeres con las que te acuestas. Mujeres con agujeros anónimos llenos de vacío y desesperanza que se abren en tu cama, esperando que las engañes un poco y las susurres cosas bonitas que sabes que nunca volverás a decir.

La vida no está hecha para tipos como tú, Dave, que fracasaron ya al nacer. Lo sabías ya en la escuela, cuando apenas tenías uso de razón, y lo sabes ahora. Eres carne de listas de la Seguridad Social, eres un número esperando en los pasillos a ser llamado, un miope con las gafas rotas, un perro sin hueso, un cayuco a la deriva, un tren de medianoche con destino a ninguna parte. Dave, te has convertido en un autómata, en una marioneta cuyos hilos te ahogan desde siempre, como nunca. Pero Dave, los dos sabemos que eso no es suficiente para acabar con un desgraciado como tú. Ahora estás casado con el whisky, y mientras la tengas siempre habrá alguna esperanza, por mínima que sea…

El sapo, el ángel y la princesa

Era una niñita morena muy guapa, su precioso pelo negro hacía unos tirabuzones muy graciosos a los lados de su linda carita rosada, con una naricilla como un botón cubierta de pecas en el centro de la misma y unos curiosos ojos enormes que todo querían saberlo. Era primavera y la pradera entera rebosaba de florecillas de todos los colores que hay en el arco iris. Un enorme sauce llorón, con toda la frondosidad que podía caber en sus melancólicas ramas, coronaba la colina y a sus pies descansaba una fresca charca de aguas cristalinas. El Sol la sonreía desde su altar mientras ella correteaba de un lado para otro recogiendo a su paso las flores que más bonitas le parecían. Llenó sus manos de tantas como pudo y fue a sentarse a la sombra del sauce a descansar. Puso todas las flores que tenía sobre su falda y las dividió en colores, adornó con margaritas su cabello y con otras de distintos colores hizo collares y pulseras, y en el reflejo del agua de la charca pudo cerciorarse de lo bien adornada que había quedado. No muy lejos nadaba un joven sapito, que aun siendo todavía pequeño ya ostentaba unas preciosas betas de color pardo en su lomo, y sintió la curiosidad de acercarse a esa niñita tan guapa que parecía una princesita. Al llegar a la orilla quedó enamorado de su linda carita, con esas flores tan bonitas enredadas en su pelo y esas pequitas tan graciosas que le recordaban a las betas del lomo de su mamá. También la niñita sintió curiosidad al ver aquel sapito tan pequeñito y en seguida extendió su menuda manita. Al principio el sapito se asustó, pero quedó tan hipnotizado de los ojos de la niñita que sin darse cuenta ya se había subido de un salto en la palma de su mano.
– ¡Hola sapito!, ¿cómo te llamas?
El pobre sapito no la entendía, pero le gustaba tanto que le mirara y le hablara con tan delicada voz…

– Eres muy guapo para ser un sapito. ¿Sabes?, hay sapitos que se convierten en príncipes… ¿eres tú un sapito príncipe?, yo soy una princesa, ¿ves?, las princesas llevan flores en el pelo y collares y pulseras… ¿te gustan?.

El sapito apenas se movía, ni siquiera pestañeaba, estaba ensimismado con los ojos de la niñita, su armoniosa voz era música para sus oídos y le encantaba que le acariciara las rayas de su lomo con sus delicados deditos.

– Tú serás mi príncipe, y seremos novios, y algún día nos casaremos y viviremos aquí, tendremos una casa junto a la charca para que puedas ver a tu familia y yo recoger flores para adornar la casa. Y viviremos felices porque el ángel nos protegerá.

Entonces el sauce se sintió alagado, había dicho la niñita de él que era un ángel, y no era para menos, su elegante figura con todas sus ramas desplegadas y esas hojas q caían como plumas daban ese aspecto. Y todas las mañanas de aquella primavera la niñita que soñaba con ser princesa y casarse con su príncipe de la charca iba a jugar debajo del árbol. Sentada a su sombra llamaba al sapito, el cual nada más oír su melodiosa voz acudía raudo a su encuentro. Se pasaban las horas jugando y saltando, o ella se apoyaba en el robusto tronco del sauce y el sapito quedaba dormido, sumergido en un placentero sueño, en el hueco de la falda que dejaban las piernas cruzadas de la niña. Así pasó también el verano hasta que llegó el otoño, y con él el frío. El prado no podía lucir ya sus mejores flores y tuvo que abrigarse con el manto pardo de hojas que los árboles cercanos le prestaban. El pobre sauce parecía un ángel anciano, sus ramas estaban más caídas aún y sus plumas ya canosas las iba perdiendo poco a poco. El sapito que andaba por allí tenía frío y estaba triste, su princesita ya no venía a verle, pensaba que, a lo mejor como los sapos, debía invernar durante los meses de frío hasta que llegara de nuevo la primavera. Buscándola por la pradera pasó un día junto al sauce y le preguntó si había visto a la niñita que solía venir a jugar a su sombra. Los árboles son muy sabios y entienden todas las lenguas, pero no pudo explicarle por qué la niñita ya no venía a jugar junto a la charca.

– ¡Pero ella me dijo que yo soy su príncipe!, ¡y que algún día nos casaríamos!

El árbol le respondió con su infinita sabiduría que no se conocía el caso en que dos individuos de distinta naturaleza se hubieran casado, y que para eso el sapito tendría que convertirse en una persona, en un humano, como la niñita.

– ¿Y cómo puedo convertirme en un hombre? Quiero casarme con ella, estoy muy triste desde que no viene a verme…

Entonces el sauce le narró la leyenda, que cuenta que para romper el hechizo que tiene atrapado a un príncipe en el cuerpo de un sapo, la princesa debía darle un beso de amor. Entonces el sapo, seducido por la historia que acababa de contarle el árbol, se despidió de él y volvió a su charca con su familia y, una vez allí, nadaron todos juntos a lo más profundo del estanque y en su casita se dispusieron a preparar el invierno con las mejores algas que entre todos, sus hermanos y sus padres, habían recolectado. El joven sapito quedó dormido enseguida con la feliz idea de despertar a la primavera siguiente y encontrarse de nuevo con su amor que le convertiría en humano y así poder vivir juntos para siempre.

Pasaron pues otoño e invierno y con la llegada de la primavera la pradera volvió a cubrirse con su mejor manto de flores, de tantos colores como el arco iris y fragancias dignas de la alta cuna. El anciano sauce mostraba el mejor aspecto en muchos años, sus ramas eran más fuertes y frondosas y sus verdosas plumas radiaban vitalidad. Y un buen día la niñita volvió a la charca, y después de recoger un buen puñado de flores fue a sentarse bajo la sombra de su ángel. Entonces llamó a su sapito he hizo una corona de crisantemos. Pasaron los minutos y volvió a llamar a su principito, y así una y otra vez, pero el sapito no aparecía. Su alegre sonrisa fue tornándose en tristeza y poco a poco fue apagando sus simpáticas canciones, y al final de la mañana volvió cabizbaja a su casa con el pesar de no haber encontrado a su amigo de la charca. Y así fue que transcurrieron los días y los meses y volvió a llegar el frío y la lluvia y la niñita ya no volvió por la pradera.

Ocurrió que el perezoso sapito estaba tan profundamente dormido que no despertó con la llegada del buen tiempo, estaba sumergido en tan maravilloso y fantástico sueño que durmió y durmió durante años, sucediéndose las primaveras y los inviernos. La niñita creció y un año ya dejó de ir por la pradera y quedaron solos el sauce y la charca. Por fin una primavera el sapito que ya no era tan pequeño despertó. Sus padres no podían dar crédito a lo que veían, había invernado durante tanto tiempo que creían sufría una extraña enfermedad, pero no fue así, ahora era todo un apuesto sapo, con unas increíbles vetas pardas en su poderosa y ancha espalda y una planta digna de todo un príncipe. Se sentía tan fuerte que nada más levantarse de la cama echó a nadar a toda velocidad, moviendo elegantemente sus patas y enseguida había llegado a la otra orilla de la charca. Maravillado por la potencia de sus músculos dio un atlético salto y fue brincando hasta los pies del sauce llorón. Esperaba impaciente encontrarse de nuevo con su amada princesita, pero ella no estaba allí sentada, ni oía su armoniosa voz en la pradera. Le preguntó al árbol si la había visto pasar pero solo le pudo responder que estuvo viniendo los primeros años, hacía ya tiempo de eso. Así que el pobre sapo, con los ojos inundados de amargas lágrimas, volvió a la charca y se dejó caer como cuando cae una piedra, dejándose arrastrar por su propio peso hasta el fondo del estanque. No había transcurrido una semana cuando oyó la voz de su amada y de nuevo salió a la superficie. Nervioso se ocultó tras unas piedras en la orilla donde pudo verla después de tanto tiempo. Ya no era una niñita, era una preciosa mozuela de anchas caderas y generosos pechos. Cual fue su sorpresa cuando se dio cuenta de que iba acompañada de un joven hombre, alto, fuerte, rubio… Iban cogidos de la mano y llegaron hasta el sauce donde se sentaron y comenzaron a besarse. El sapo no daba crédito a lo que tenía delante de sus ojos, su amada había encontrado otro príncipe, se había olvidado de él, y lo peor de todo es que no podía hacer nada, no podía enfrentarse a un hombre aun siendo un sapo tan fuerte y apuesto como él. Se sentía tan mal que apenas pudo dar los pocos pasos que le separaban del agua, se dejó caer y nadó pesadamente hasta un rinconcito de la charca, oculto por unas enormes algas, y allí sentado lloró y lloró. No entendía cómo su amada princesita se había olvidado de él, después de todo lo que habían pasado y lo mucho que se habían querido, no lo entendía, no. Durante lo que restaba de verano no volvió a salir a la superficie, no quería volver a verla.

Empezaban a caer ya las primeras hojas de los árboles, los días eran más cortos y empezaba a hacer frío. La familia del sapo se preparaba como todos los años a pasar el invierno, arreglaban la casa y llenaban la despensa. Pero el sapo no quería seguir en la charca, no podía vivir con la amargura de su roto corazón en una charca y una pradera que tan malos recuerdos le traían, así que, una noche de madrugada, dejó una nota a sus padres en la puerta y se fue de casa, salió del estanque y a saltos abandonó la pradera. Pasó por lagos enormes, se sumergió en infinidad de ríos y atravesó grandes extensiones de tierra. Aprendió muchas cosas en su viaje y conoció muchos congéneres suyos. Aprendió que no existen hechizos que conviertan a sapos en príncipes ni princesas que se enamoren de sapos. Aprendió que cada individuo tiene su lugar y tiene que vivir conforme a sus limitaciones. Conoció peces de diversas especies, cangrejos, caracoles, grillos, lagartijas y acabó enamorándose de una preciosa ranita de un verde increíble. Se casaron y cuando llegó la primavera del siguiente año volvió a su charca acompañado de su nueva esposa. Su familia le recibió con gran alegría y celebraron con una fiesta la reciente unión y la vuelta del sapito príncipe de la charca. En unos meses construyeron una confortable casa para los recién casados y la normalidad volvió al estanque. El sapo era feliz de nuevo, tenía una preciosa mujer que le quería y de la cual estaba enamorado, tenía cerca a su familia y vivía en el estanque que le había visto crecer. Pasaba el tiempo y tuvieron hijitos, todos sanos y fuertes, y las primaveras se sucedieron como lo habían hecho hasta entonces. Vivieron en plenitud y vieron a sus hijos y a los hijos de sus hijos crecer en paz y armonía. Y durante todo ese tiempo de vez en cuando nuestro sapo oía la voz de la que había sido su princesa y nadando se acercaba a la orilla acudiendo a su llamada, se subía a lo alto de una roca y contemplaba a su niñita, a su princesa perdida, y ella le miraba a él, y le hablaba e incluso a veces lloraba amargamente. Jamás entendió el idioma de los humanos pero la complicidad que les unía era suficiente como para entenderla. La que fue una alegre niñita acabó siendo una desgraciada mujer que muy lejos quedó de vivir cual princesa, no encontró jamás un solo hombre bueno que la quisiera y cuidara de ella, y vivió tristemente soñando, pues era lo poco bueno que le quedaba, que aquel sapito al que iba a ver de vez en cuando a la charca en que jugaba de pequeña se convertía en su príncipe amado y como en el cuento vivían felices. Alguna vez sintió el sapo la necesidad de acercarse hasta ella y sentir el calor de sus manos, incluso llegó a dudar de que aquella leyenda del príncipe convertido por un maldito hechizo en un sapo fuera mentira, y más de una apunto estuvo de querer probar el sabor de aquellos labios de los que años atrás había quedado prendado, pero siempre, antes de que pudiera arrepentirse, saltaba de nuevo al agua y volvía junto a los suyos sin dejarse mirar atrás.