Un enano encabronado

El Johny decía ser francés, le gustaba sentir el francés en sus carnes, pero llevaba tiempo sin practicarlo a pesar de proclamar su orientación sexual a los cuatro vientos. Aquella noche, siendo de faena, iba embutido en un mono de cuero con tachuelas, gorra y botas incluidas. Bajó a la calle y, atusándose aquella barba de hipster que, al ser enano, le llegaba casi hasta las rodillas, esperó su taxi previa reserva. Le jodían más los rizos anudados que el tiempo de retraso.

—¿A dónde le llevo?
—Tire uzté pa Zerrano.
—¿Algún número o algo?
—Por el colon.
—Supongo que a la altura de Alcalá…
—Qué graciozo ez uzté.

El taxista no entendió lo que aquel enano quiso decir con ese chiste, pero tampoco sería la primera vez. Otro cliente raro pensó, desviando la vista a su izquierda para incorporarse a la circulación, y desde la plaza de República Argentina enfilaron por Príncipe de Vergara hasta coger Serrano calle abajo.

—Tiene un acento que no es de aquí, ¿le importa que le pregunte de dónde es?
—Noombre, no. De Marzella.
—¿Marsella?, ¿la misma Marsella donde emigraron mis padres?
—Pue ze. Loh míoh ze fueron de allí pal caló del zú.
—¿Andalucía?
—Jeré.
—¿Cádiz?
—Que no, Jeré.
—Bueno… buena mezcla, acento francés y andaluz, como una buena tortilla.
—¿Como una buena tortilla?
—Sí, bueno, como una tortilla francesa pero con camarones…
—¿Me eztá llamando gabasso tortillero?
—No hombre…
—¿Me llama hombre ponno desir enano?
—Oiga, discúlpeme, que yo no quería faltarle al respeto…
—Claro, claro… Yo zoy enano, ¿y? ¡A mussa honra!
—Bien por usted, pero no me malinterprete.
—¿Que no le malinterprete, fasha mizoginio de mierda?
—¡Mecagoenlaputa, será posible…!

El taxista pegó tal frenazo que el Johny se estampó contra su asiento para salir rebotado después hacia atrás. Entonces, dándose media vuelta, le espetó que saliera de su coche —echando leche…—. El plural del lácteo en cuestión se quedó en singular por la fuerza. Aquella “ese” faltante no pudo escapar de su garganta porque un cuchillo de más de diez dedos le rajó el cuello de lado a lado. Nadie de fuera pudo percatarse de lo sucedido por culpa de sus móviles incesantes de mensajes instantáneos. El Johny tomó su tiempo en apretar hasta que aquella laringe rota acalló su silbido. —¡Vive la France!— repetía una y otra vez. Después, empujó al muerto con todas sus fuerzas hasta el asiento del copiloto, se puso en su lugar y pisó el acelerador para escapar de allí hasta quién sabe dónde, como alma que lleva el diablo, tras atusarse la barba mirándose en el espejo.

Mientras aquel enano conducía para alejarse del centro recordó que, apartando al taxista de su puesto, una cosa muy muy dura abultaba su entrepierna. En ese momento, fue consciente de que estaba cachondo y nunca antes había probado follar con un muerto que la tenía tan erecta como él. Ya lo decía Siniestro Total, todos los ahorcados mueren empalmados, aunque éste no acabara colgado de una soga.

Esa noche, el Johny no actuó en el local de despedidas de solteras cachondas que se encontraba a escasos metros de donde todo esto tuvo lugar. El responsable de eventos tan solo recibió un esemese en el que aquel enano embutido en cuero le decía estar jodido y encamado por una gripe de última hora. Meses después, la policía encontró aquel taxi desguazado en Las Barranquillas. De ambos ocupantes nada saben los medios públicos aún.

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Finisterre (o donde quedó la praxis)

Antón llevaba tanto tiempo solo que no esperaba a nadie en su funeral. Los únicos que le velaban en vida eran el mismo camarero y los 2 borrachos que frecuentaban más que él todavía aquel bar. Le habían dado un par años de libertad vigilada tras una subsistencia malgastada y, consumidos ambos tiempos, ya sólo le quedaban unos minutos de descuento. Se la sudaba el partido de fútbol que en ese momento emitía la televisión del local, Deportivo contra Sporting, pero estaba allí porque desde hacía días su nevera se quedó sin cervezas. Todo se estaba acabando y lo único que se preguntaba era qué hacer con el tipo que había ido a ver su apartamento apenas unas horas antes y su Citroen ZX, que rozaba la veintena y consumía más gasolina que lo que pudieron cagar los dinosaurios. Por eso, bajar al bar aquel miércoles de invierno para evadirse un rato, a pesar de la que caía, no fue tan mala idea.

Esa tarde, el comercial inmobiliario que fue a valorar su piso no salió de vuelta. Carnés, un viejo conocido desde la infancia, el mismo que le esperaba con la moto al salir de casa de sus padres para meterle una paliza, el mismo que más de una vez abusó de él, rompiéndole el culo en los baños del colegio, ese bastardo que creía ser el mismo dios, se cruzó con satanás. Antón le esperó, cuando le abrió el portal, tras la misma puerta de su casa con el cuchillo más largo y afilado que pudo encontrar. El traje de Carnés llegó empapado ya, pero ahora también en sangre. La corbata que no llevaba se la puso Antón, a la colombiana, rajándole el cuello nada más entrar. Fue rápido y sin palabras, tan sólo se escapó algún gargajo antes de derrumbarse.

Los pocos que quedaban en el bar contaban los segundos antes del pitido final, y Antón, pedía la tercera y última jarra de cerveza. Mientras veía caer aquel oro líquido, con el brío espumoso del grifo, sintió la paz dentro de sí por primera vez en mucho tiempo. Fuera, en la calle, llovía como nunca; a la hora de comer ya habían avisado del tiempo, precipitaciones con fuerte marejada. Cuando tragó el último sorbo de cebada era ya tarde. Subió a su casa, entró silbando una canción famosa de Siniestro Total y con calma, oliendo a mierda aquel cuerpo ahora inerte, ató las cuatro extremidades con la misma cuerda que cogía de su cuello. Eran pasadas las doce y, como antaño se colgaban los corzos antes de llevarlos a la hoguera, arrastró por el suelo el cadáver de Carnés hecho saco hasta meterlo en el ascensor, directo al parking.

Antón tuvo la suerte de no cruzarse con algún vecino en ese momento, pero para lo que le quedaba en este entierro se la sudaba. Dejándose los riñones, lo metió como pudo en el maletero y cerró el portón, pillándole un trozo de la chaqueta. Luego se subió él, cantando sin mucho ritmo lo de bailaré sobre tu tumba, y arrancó sin prisas para salir de allí. Antón vivió y murió en A Coruña. Y aquella noche, el nombre de Finisterre tuvo más sentido que nunca, cuando se despeñó a la mar con todo el maldito equipaje que arrastraba desde hacía años.