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Un perdido de tantos

Jaume Puig se sentía un escritor frustrado. Como un niño de bien venido a menos, un estúpido crío de buena familia. Un fracasado. Otro perdido de tantos. Antes, había estudiado periodismo en la Autónoma de Barcelona, y salió de allí con un expediente académico intachable. Pasó de las historias de Fray Perico y su borrico y El Pirata Garrapata a leer a Bukowski, a Miller y a Burroughs sin intermediarios. Jaume no sólo se creía distinto al resto, se creía mejor que el resto; con una capacidad innata para la supervivencia y la ingesta de alcohol. Un tipo no muy alto pero con buenos brazos, a pesar de perder todas las peleas en los bares del Raval. El mayor de los Puig era de ese tipo de gente que imita a sus ídolos al carecer de una identidad propia. De hecho, quería ser el mismo tipo duro que el Chinaski ese, pero sólo conseguía nadar en su propio vómito después de litros de cerveza, antes de coger un VTC hasta la lujosa mansión de sus papás, a los pies del Tibidabo.

Jaume se metió tanto en su papel, el de un perdido sin futuro alguno, que empezó a trabajar como mozo de almacén, camarero en un “fast food” y buzoneador de barrio, a la vez que intentaba escribir la novela de su vida, la que dejase a sus ídolos en la sombra. Así pasaron los años, hasta que cumplió los 39. El manuscrito que le quitaba el sueño seguía inacabado, algo en el papel de su vida no funcionaba. Vivir en un barrio de ricos, en casa de papá y con todas las comodidades que eso conllevaba no parecía ser el mejor camino. Al día siguiente de su cumpleaños, una calurosa y húmeda mañana de agosto, decidió salir de allí y buscar la quimera que su cerebro ansiaba en otra ciudad. Necesitaba algo de mierda en su maldita existencia y creyó que moverse por el fango sería el paso correcto hacia el éxito. Pensaba que si quería ser escritor bohemio y consagrarse como tal era lo que debía hacer. Metió todo lo que pudo en su maletita de viaje, se despidió de sus padres y marchó bien temprano a terreno hostil. Quizás los nuevos aires de la capital le serían de mayor ayuda.

El AVE salió con retraso de Sants Estació, los CDR debían estar aburridos ese día. Al menos Jaume llevaba la petaca de su abuelo con ron miel y pudo tomárselo con calma, esperando sentado en un banco bajo el chorro de aire acondicionado. Notaba que empezaba a refrescar su sesera. Una vez en Madrid, anduvo desde Atocha hasta la Puerta del Sol buscando la sombra por las calles serpenteantes de Lavapiés. El sol seco de la ciudad apretaba y, a pesar de perderse varias veces, aun llevando consigo el Google Maps abierto, encontró finalmente la pensión en que tenía reserva. En una semana, con la ayuda de papá, Jaume ya estaba cubriendo la baja de una redactora en la sección rosa de un periódico gratuito, de esos que se reparten estratégicamente junto a las salidas del suburbano y que dicen medir un metro. Fue cómodo y le sirvió como inspiración. El medio compraba un par de fotos de saldo a la agencia correspondiente, el jefe de redacción le pasaba los datos y él sólo tenía que echarle un poco de imaginación. De hecho, podía trabajar desde desde el bar que había junto a la pensión y pasarse tan sólo un par de veces a la semana por la oficina.

Jaume solía escribir de noche, le gustaba imitar el modo de vida de sus escritores más selectos. En su cuarto de apenas 9 metros cuadrados convivían su cama deshecha, la mesa con el portátil y una botella siempre de Arehucas, y la papelera a rebosar de latas de cerveza. Ser un asiduo bebedor de ron le daba un poco de vergüenza admitirlo. Lo había intentado con el whisky, pero sólo su olor le producía nauseas. Esa era una de las cosas que no le gustaban de sí mismo y por las que ninguno de sus ídolos seguramente ni parpadearían. Ni Bukowski, ni Miller, ni Burroughs se inmutarían ante el olor a vómito y orina en los retretes de los bares, el de las gallinejas, entresijos y demás casquería refrita, el hedor de los vagabundos o el sudor de las prostitutas a saldo en las barras de un pub.

Había intentado superarlo una y otra vez, lo del whisky, pero su estómago siempre se le adelantaba. Eso le atormentaba, había llegado a la conclusión de que los hombres no son fuertes por sus brazos musculosos o por el grueso de su billetera, sino por su estómago y por su tranca. Según él, un tipo es fuerte cuando puede comerse una cagada de perro, vaciar después media docena de botellines de cerveza seguidos y encender un cigarro antes de echar un buen polvo como si nada. Lo de la tranca sin embargo no era tanto problema para Jaume. A Jaume le gustaba medírsela cuando estaba empalmado. y solía trampear al hacerlo, poniendo el cero detrás de los huevos, sumando así unos cuantos centímetros de más. Luego se sentaba con el móvil en mano, abría el Tinder y se la cascaba con la otra mientras chateaba con alguna cerda estúpida (que conocía a través de Internet) para terminar de ambientarse.

Malvivió mientras pudo. Compró un coche de segunda mano con el dinero que le mandó su padre y de vez en cuando visitaba el género africano del polígono Marconi para satisfacer sus necesidades, no sólo sexuales sino también profesionales, como el escritor sucio que vendía ser. Iba siempre de noche, borracho, tras terminar el artículo rosa de turno. Cuando llegaba, metía segunda y despacio recorría los caminos hasta encontrar alguna negra que se la pusiera dura. Paraba a su altura, extendía el brazo a través de la ventanilla bajada y le tocaba el culo.

La prostituta seleccionada subía al coche y alguna vez le acariciaban su media melena, haciendo bucles con sus dedos negros. A unos cuantos metros después aparcaba fuera de la carretera, detrás de algún árbol, seto o valla que le proporcionara cierto grado de intimidad sexual. En algún momento, Jaume pensó que quizás debería cortarse su precioso pelo, pero creía que eso le hacía atractivo, como a Pablo Iglesias, y de alguna forma le proporcionaba un aspecto más tosco y desaliñado. Creía ser heredero de la generación perdida. Y lo fue. Jaume quería ser ese feo extravagante, pero su cara de bollo bien cuidada no se lo permitía. El caso es que tan sólo conseguía llenar el asiento trasero de su Seat Ibiza de negras mal operadas, sin papa de español ni documento legal, por poco más de 20 euros el polvo.

Llegaron sus segundas navidades en Madrid, llevaba desde verano sin escribir una sola línea decente en su manuscrito, el que le haría famoso como escritor underground. El trabajo no le iba mal, saltó a la sección de actualidad y le pagaban algo más, pero nada de su obra maestra. Tanto se resistía que Jaume decidió coger toda esa quincena de vacaciones para atrincherarse día y noche en la habitación del hostal. Compró litros y litros de cerveza, latas varias de conservas y pizzas congeladas; iba a acabar esa maldita novela como fuera. Pero después de 10 días borracho, saliendo de su cuarto sólo para cagar y sin escribir nada que mereciera la pena, a punto de volverse loco, empezó a tener alucinaciones. Recordó sus tiempos de colegio y las primeras juergas con sus amigos de Barcelona, las chicas de entonces… Se sintió tan solo y desgraciado que empezó a dar cabezazos contra las paredes, mamado como una cuba, hasta que cayó al suelo desmayado. Así permaneció horas, muchas horas, hasta que la sangre derramada se secó y, al salir, el sol quiso asomar entre las nubes.

Cuando Jaume despertó calzaba una buena resaca y le dolía todo el cuerpo. Acariciándose las sienes, se incorporó como pudo, se sentó en la mesa y, sin saber cómo, empezó a escribir de corrido. Sus dedos iban solos, más rápido incluso que su cabeza, golpeando las teclas con furia. Las palabras fluían de su cerebro como salivazos contra la pantalla. Abrió otra botella de ron y continuó escribiendo. Todo empezaba a encajar, y después de una semana sin parar de escribir, en la Nochevieja de ese año y bien entrada la madrugada, concluyó su eterna novela. Se sentía tan lleno, tan feliz, que guardó un par de copias en esos artilugios diminutos que creen tener memoria.

Borracho como estaba decidió celebrarlo, quizá no podría follarse a nadie, pero una buena mamada le vendría de perlas. Sacó el coche del garaje y volvió a la Colonia Marconi. Quería darse el homenaje con una asiática esta vez. Una chinita de aspecto infantil, complexión delgada y pechos pequeños, su gran sueño erótico. Esta vez no había tantos coches como otras veces por esos corredores asilvestrados, estarían celebrando su año nuevo en alguna de las muchas fiestas para monógamos de las corrientes sociales. Jaume recorrió con calma cada manzana del polígono, pasó por la zona de los transexuales, dejó atrás a las negras y a las rumanas y polacas y al final encontró a su musa, en mitad de la nada, iluminada por una misteriosa aura anaranjada. La miró y la estudió con calma, comiéndosela con la sangre que inyectaban sus pupilas. Luego abrió la puerta y se la llevó unos metros más adelante.

En cuanto aparcó, empezó a desnudarla con tanto deseo que besaba cada trozo de piel que iba dejando al descubierto. Después, se bajó la bragueta y sacó su tranca mientras cogía de la cabeza a la prostituta para llevar su boca hasta aquella extensión de él. Ella empezó a trabajárselo, con el preservativo que manda su profesión, pero a fondo, succionando como una aspiradora sin cables, golpeando con fuerza el glande a lengüetazos para luego tocar fondo con la misma campanilla. Arriba y abajo, arriba y abajo.

Estaba tan embrutecido, tan cachondo, que Jaume se la quitó de encima, le dio la vuelta como pudo y se la metió por el culo. La chinita intentó proteger su oscuro agujero, gritaba y se movía intentando liberarse, pero poco pudo hacer. Sus cuarenta kilos eran muy pocos para los ochenta y tantos de Jaume, que se encontraba en su momento de gloria. Había terminado su novela y se sentía tan sucio como Bukowski o Miller o Burroughs. Satanás era un aficionado a su lado y lo estaba disfrutando, ebrio de poder y alcohol.

Jaume bombeaba rajando las entrañas de la chinita, entraba y salía una y otra vez, con tanta fuerza, que parecía querérsela sacar por la boca. Ella seguía chillando pero eso sólo conseguía calentarle aún más. De repente sintió un golpe tremendo detrás de la cabeza y se vio arrastrado fuera del coche hasta quedar tirado en el suelo, con una bota frente a sus ojos. La bota se movió levemente hacia atrás, luego se le echó encima.

Pocas horas después, Jordi Puig, abogado de prestigio entre los grandes empresarios y algún que otro político y demás chusma, felizmente casado desde hacía más de treinta años con una farmacéutica de familia acomodada, y padre de Ángeles Puig, fiscal del estado, y Jaume Puig, periodista y escritor frustrado, viajaba en el puente aéreo hasta Madrid. Nada más amanecer recibió una llamada de emergencia para el reconocimiento de un cadáver, probablemente el de su hijo.

*Ideado el 21 de diciembre de 2006

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Un último combate

Agachar la barbilla, subir los puños a la altura de la cabeza y cerrar los codos contra el torso. Esperar mientras esquivas y bailar, moverte para mantener el ritmo y cansar lo que puedas al adversario. Esa es la teoría que bien conoces Dave, como soltar el puño que protege tu barbilla para tantear cuando ves un hueco. Si entra, y notas que su guardia tambalea, entonces lo echas todo desprotegiéndote lo justo. Giras la cadera en seco, iniciando el movimiento desde los tobillos, y encadenas desde atrás una serie de golpes, crochés, ganchos o un codo perdido, cualquier cosa que encaje, para acabar con un buen zurdazo que le tire a la lona.

Pero esta vez es diferente y la técnica que bien sabes no funciona, Dave. Dominas a los contrincantes diestros, pero éste también es de levantarse con el pie izquierdo. No es el primer zurdo con el que te cruzas aunque sí más joven, más definido, más ágil y más sucio que tú. La experiencia es un grado pero con el viento en contra no suma, resta y mucho. Un minuto mientras esperas en tu esquina se hace largo pero tres en el ring, cuando las cosas no salen como quisieras, pueden ser eternos; más cuando no hay nada ni nadie que te sostenga ahí fuera. Ya después del último asalto, sentado en tu esquina sobre el taburete, tus ojos delataban la impotencia, la rabia contenida en un sudor frío que tu toalla no conseguía llevarse consigo.

Volvió a sonar la campana para salir de nuevo y enfrentarte a ese jodido potro, anhelando que en algún momento un centímetro de libertad separe la armadura de su carne, el espacio suficiente para soltar un golpe de gracia que le deje fuera de combate. Pero ese momento se resiste, no llega, y sin embargo son tus piernas, Dave, las que empiezan a flaquear; quizás porque notas demasiado cerca el calor de tu nocaut. Aún así aguantas, con la presión resquebrajando tu cráneo, porque no tienes más elección que la de seguir ahí. Te mueves, bloqueas los golpes que casi ni ves y aprietas la mandíbula. Tanteas un poco, retrocedes y fintas para esquivar el último de sus directos, escurriéndote por la izquierda, sacando de tus entrañas un buen puñetazo que se abre camino entre sus costillas, mientras recibes alguna indirecta por la derecha que te hace echarte atrás y cerrar de nuevo tu guardia. Ha sido un buen golpe Dave, el mejor de los pocos que has podido soltar hasta ahora. Estás solo, nadie grita tu nombre porque nadie ha venido a verte, y sin embargo ahí sigues, soportando el dudoso privilegio del temporal que arrecia sobre ti esta vez.

Hueco y hondo, casi breve

Sus dedos jugueteaban con ella como quería, estaba completamente acorralada, dominada y sometida al placer de su propia voluntad. Sentada en la cama acarició sus piernas y consiguió deshacerse de las medias sin demasiado esfuerzo. Subió lentamente hasta el cuello y descubrió su pecho ante la imposibilidad de contención de los botones de la blusa. Su mano ahora dibujaba círculos sobre toda aquella piel morena erizada. Tenía los ojos cerrados, la boca entreabierta y de vez en cuando se mordía los labios queriendo retenerse a sí misma. Se había soltado el pelo, mechones oscuros caían sobre sus hombros medio desnudos, con uno de los tirantes del sostén colgando a media altura del brazo. Su mano seguía recorriendo la espalda hasta que el broche del sujetador saltó y quedó sostenido casi únicamente por aquellos pezones erguidos y duros. Contuvo la respiración un momento hasta que soltó el aire, tímidamente, dejando escapar un gemido hueco y hondo, casi breve, cerrando de nuevo los ojos y mordiéndose la boca. Los dedos entonces volvieron, siguiendo su habitual recorrido, hacia las costillas, arqueando la espalda, y subieron de nuevo y sin prisa, primero hasta el cuello y luego hasta la barbilla. Los humedeció con un poco de saliva, tocó la punta de su lengua suavemente y saltaron mecánicamente al calor de su entrepierna, despacio, entreteniéndose con cada una de las formas que iba encontrando, entrando suavemente de vez en cuando, aleatoriamente, con la quietud de una chiquilla que lo hace por vez primera en la oscuridad de su cuarto al abrigo de las sábanas limpias y frescas que mamá le habría puesto aquella mañana. Pero su mano no era la inexperta de entonces y supo bien qué hacer y cómo debía ejecutarlo. Volvió a salivarse los dedos, paladeó el sabor del sexo con calma y volvió a perder su tacto entre los pliegues de su propia carne arremetiendo sin tanta suavidad como antes. Poco a poco empezó a estremecerse sin poder aguantar ya la respiración y finalmente se corrió con las piernas entrecruzadas.

Media hora después se descubrió a sí misma dormida sobre la cama, medio desnuda, con el móvil junto a la almohada y el mensaje aún abierto que le había mandado el tipo que había conocido aquella misma noche unas horas antes. Se terminó de quitar la ropa, se metió entre las sábanas y al poco se había dormido. Mientras tanto, a unas cuantas manzanas de allí, su exmarido apuraba la sexta copa de la noche contemplando el infinito a través del espejo que había tras la barra del bar en el que había decidido perder la conciencia.

Un as en la manga

Sientes frío
y no hay manta que arrope
ni cama que consuele
lo suficiente
para cerrar viejas heridas,
para pensarte dos veces
si levantarte
o esperar en ella
hasta la mañana siguiente.

Los días son tan cortos
como largas las noches.
Te faltan estrellas que contar,
postrada en el quicio de la ventana,
consumiendo horas de sueño,
cigarrillo tras cigarrillo,
con la radio
puesta bajita
en una esquina de la habitación.

Tienes la certeza
de que dios te odia,
pero tú le odias a él.
Te pisas las ojeras,
con la muerte tatuada en la cara,
de camino a la oficina,
pensando que quizás
otro diluvio universal
lo cambie todo.

Entonces descubres
una agradable sonrisa
que te mira,
desde unos tímidos ojos,
acercándose a ti
en algún lugar,
lejos de tu cueva,
al que te convencieron para ir
con no muchas ganas.

Descubres que,
sin darte cuenta cómo,
tenías un as en la manga
y has devuelto la sonrisa.
También algunas noches
pueden ser cortas.
Dios te seguirá odiando
pero poco importa lo que se le antoje.
¿O no?

Aquello de lo que está hecho el vacío

La soledad es de lo que está hecho el vacío. Eso es la soledad, a veces agria, otras amarga y en algún momento hasta dulce. Tan necesaria en algunos momentos, cómplice de tus silencios, como una mala compañera de viaje. Puede destruirte y acabar contigo, puedes acabar loco por su culpa, golpeando tu maldito cráneo contra las mismas paredes que se te caen encima, seccionando las venas que casualmente pasaban por tus muñecas sumergido en una bañera llena de agua. Puedes salir a la calle y caminar entre decenas de personas y seguir sintiéndote tan solo como la cagada de un perro en mitad de la acera. La soledad nos hace tan libres como presos, pero eso es por no saber administrarla, la soledad. Vamos del coño al hoyo y lo hacemos solos. A tan altas esferas llega el tema que ni siquiera dios tiene una compañera que le lama el pijo, y aunque tú tengas quien te lo haga, algún día saldrá por la misma puerta por la que le invitaste a pasar. Y estarás de nuevo solo, solo contigo mismo, con tus fantasmas, con tus cuatro paredes, con tu botella de licor y tu televisor de plasma de 42 pulgadas. La soledad acecha aún cuando te crees acompañado, he visto compartir mesa en restaurantes a centenares de parejas que estaban más solos que tú y que yo, parejas que aun comiendo sobre el mismo mantel o jodiendo en la misma cama les separaba kilómetros y kilómetros de un denso vacío. La soledad deberían catalogarla como otro tipo de cáncer, antaño existía, pero la sociedad ha hecho que se multipliquen los casos. La soledad es una enfermedad que poco a poco se va apoderando de ti, silenciosamente, sin que te des cuenta, entra a hurtadillas en tu habitación, sigilosamente, y cuando quieres darte cuenta está viviendo contigo, se queda con tus zapatillas, con tu pijama y con tu esponja y acabas descalzo, desnudo y frotándote con las manos. Primero invade tu riego sanguíneo, luego llega al corazón, se apodera de él, lo vacía y se extiende al resto de órganos y extremidades, al principio quieres gritar, intercalando actos heroicos y suicidas, pero acabas convirtiéndote en un autómata que se mueve por inercia, con la mirada perdida, la mente en blanco y movimientos mecanizados aprendidos con anterioridad. La soledad, como la mayoría de las cosas amigo mío, parecen atractivas desde fuera, pero si puedes asegurarte una mamada, por mala que sea, estarás salvado por un tiempo. Al fin y al cabo se trata de eso, de salvar el culo mientras puedas hasta que te llegue el momento.

La soledad es para los poetas, los neorrománticos y los científicos, los locos como tú y como yo debemos escapar de ella y encontrar ese algo o alguien que nos haga ser el puto ombligo del mundo, porque estamos demasiado desquiciados como para admitirlo, porque nos gusta ser alguien, ser algo y sentirnos especímenes únicos, y aunque solo sea por compartir ese sentimiento, nos hace estar menos solos. Piénsalo, deja la cerveza en la mesa, esté como esté, ve a tu dormitorio y susurrarle a tu chica algo bonito al oído, que la quieres, probablemente se hará la dormida porque tu fétido aliento la haya despertado, pero ella se levantará de mejor humor y eso te hará feliz porque te llamará a media mañana y te dirá que está deseando llegar a casa y hacerte el amor como nunca te lo han hecho y ella también te dirá que te quiere, y entonces verás el mundo con una nueva perspectiva y verás que en el fondo no es tan malo, que estás con la chica que quieres estar, y la soledad se masturbará viéndoos desde el armario con lágrimas recorriendo sus mejillas, y quizá sea ella la que luego se dé un baño cortándose las venas con tu cuchilla de afeitar.

Dave, dos veces casado

Cuando has estado casado y te han jodido todo se ve distinto, tu cara de estúpida felicidad dejó de sonreír pero sigue siendo estúpida. La vida, tu vida, Dave, vale menos que los zapatos que calzas y aún así sigues llorando su pérdida… Ella se fue, te dejó hace muchos años y cada día que pasa tachas un número más en el calendario de tu cabeza. Tienes su dirección y su teléfono pero no sabes nada de ella desde entonces, porque cuando empezabas a marcar su número o llegabas a su calle te echabas siempre para atrás. Es una suerte que no hayas tenido críos con ella, ahora tendrían otro padre que probablemente sería mejor padre y aún mejor amante; y tú, Dave, estarías manteniéndoles a sus diminutas espaldas. Bebes desde que llegas de la oficina hasta que caes inconsciente en el sofá, un día tras otro, y te arrastras después hasta la cama deseando que mientras duermes algún mal diablo se lleve tu alma.

Rara es la noche que consigues cerrar los ojos un par de horas seguidas, pero al final siempre te despierta el mismo pitido del reloj de la mesilla y vuelves a empezar. Hablas con cien personas, doscientas veces al día y todas sus voces te parecen la del inerte monólogo del contestador de tu teléfono cuando lo descuelgas al llegar a casa, con la copa ya en la mano, deseando que sea Ella, y sin embargo el aparato te dice que no tienes ningún maldito mensaje. Quisiste dejar de fumar, Dave… Ahora te los comes de dos en dos y sólo te saben a humo y miseria. Ni siquiera el puto tabaco es lo mismo, como tampoco lo es el whisky de oferta, los trajes de saldo, la comida que ahora tomas enlatada o las mujeres con las que te acuestas. Mujeres con agujeros anónimos llenos de vacío y desesperanza que se abren en tu cama, esperando que las engañes un poco y las susurres cosas bonitas que sabes que nunca volverás a decir.

La vida no está hecha para tipos como tú, Dave, que fracasaron ya al nacer. Lo sabías ya en la escuela, cuando apenas tenías uso de razón, y lo sabes ahora. Eres carne de listas de la Seguridad Social, eres un número esperando en los pasillos a ser llamado, un miope con las gafas rotas, un perro sin hueso, un cayuco a la deriva, un tren de medianoche con destino a ninguna parte. Dave, te has convertido en un autómata, en una marioneta cuyos hilos te ahogan desde siempre, como nunca. Pero Dave, los dos sabemos que eso no es suficiente para acabar con un desgraciado como tú. Ahora estás casado con el whisky, y mientras la tengas siempre habrá alguna esperanza, por mínima que sea…